La lucha por la vida II: 097

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


Manuel no supo encontrar una frase de consuelo, y al ver su frialdad, la justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después, Manuel contó su vida tranquilamente: los recuerdos se engarzaron unos con otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.

-También es casualidad -dijo la justa.

-No; que no tendría petróleo -repuso Manuel-. Bueno, yo me voy.

Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.

-¿No tienes cerillas? -preguntó ella.

-No.

Manuel se levantó, y fue tanteando; tropezó con la mesa; luego con una silla, y se detuvo.

La Justa abrió el balcón que daba a la calle, y Manuel pudo ver algo y dirigirse a la puerta.

-¿Tienes la llave de la casa? -dijo.

-No.

-Y entonces, ¿cómo voy a salir?

-Tendremos que llamar al sereno.

Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada.

Esperaron a que se viera el farolillo del sereno.

La justa se acercó mucho a Manuel; éste le pasó el brazo por el talle.

Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la oscuridad hacia la alcoba.

Había que aceptar las cosas tal como venían. Manuel prometió a la Justa que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la sacaría al momento de aquella vida, y la justa lloró emocionada sobre el hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fue ir a vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por la vida que llevaban, y refrían y se insultaban por cualquier motivo; pero en seguida hacían las paces.

Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés, colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.

Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en la casa y al subir las escaleras sola, sentía un miedo y un remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la conciencia.

Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se acostaba junto a él, sin despertarle, temblando de frío.

Manuel se iba acostumbrando a aquella vida y a sus nuevas amistades; no se atrevía a intentar un cambio de postura por pereza y por miedo. Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo a los Cuatro Caminos y a la Puerta de Hierro, y cuando no refrían, hablaban de sus ilusiones, de un cambio de vida, que vendría para ellos sin esfuerzo, como una cosa providencial.

Durante este invierno, los dueños del Círculo instalaron en la planta baja, en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las bellezas sensacionales que habían de exhibirse aparecieron las bailarinas y cupletistas de más nombre: las Dalias, Gardenias, Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de Chuchita, la hija de la Coronela. Ésta trataba de explotar a su niña como empresaria y como madre. El día de la representación, la madre hizo que la claque ocupara todas las localidades. Vidal, El Cojo y Manuel se acomodaron en las primeras filas de sillas, en calidad de alabarderos.

-Aplaudirán ustedes, ¿eh? -preguntó la Coronela.

-Descuide usted -dijo Calatrava-; y al. que no le guste, mire usted qué argumento le traigo y mostró su garrote.

Después de un magnetizador salió Chuchita, en medio de una salva de aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar un tango, sacaron al escenario una gran cantidad de guirnaldas de flores y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los cuales había dos amigos de Álex, el escultor, y fueron juntos a dar la enhorabuena al padre de la Chuchita.

Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al cuarto del Coronel. Éste, metido en la cama, fumaba tranquilamente. Entraron todos en la alcoba.

-Que sea enhorabuena, mi Coronel.

El hombre del pundonor militar recibía los plácemes, sin notar la sorna que aquello significaba.

-¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado? -preguntaba el padre desde su cama.

-Muy bien; al principio, un poco tímida; luego se soltó.

-Si las bailarinas son como los militares: en cuanto llegan al terreno se crecen.

Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase con risas burlonas; se despidieron del Coronel, y volvieron de nuevo al Salón París.

La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama, se preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.

Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al torero para que el debut de Chuchita fuera para ella del todo agradable...

La apertura del Salón París dio ocasiones a Manuel y a Vidal de nuevos conocimientos.

Éste se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba por el teatro, y el chiquillo llevó a Vidal y a Manuel a los cuartos de las bailarinas.

Cuando la justa se enteró de las amistades de Manuel, le armó un escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que vivía a sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un escándalo de éstos, Manuel, resignado, se encogía de hombros, y la justa sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba a lo largo en el suelo y se quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el arrechucho, y tan tranquila.


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