La lucha por la vida II: 098

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IV
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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


Un fusilamiento - En el puente del Sotillo - El destino


Una noche de agosto salían del teatro Eldorado Manuel, Vidal, la Flora y la justa, cuando dijo Vidal:

-Hoy fusilan a un soldado. ¿Queréis que vayamos a verlo?

-Sí, vamos -contestaron la Flora y la justa.

Hacía una noche hermosa y templada.

Subieron a la calle de Alcalá, y entraron en Fornos. A eso de las tres salieron del café, y en una manuela se dirigieron al lugar de la ejecución.

Dejaron el coche frente a la cárcel Modelo.

Era demasiado temprano; aún no habla amanecido.

Dieron la vuelta a la cárcel, metiéndose por una callejuela con una zanja abierta en la arena, hasta salir a los desmontes próximos a la calle de Rosales. Tenía el edificio de la cárcel Modelo, visto desde aquellos campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban de cuando en cuando un alerta largo, que producía una terrible impresión de angustia.

-¡Qué triste es esta casa! -murmuró Vidal-. ¡Y cuánta gente habrá ahí encerrada!

-¡Psch..., que los maten! -replicó la justa con indiferencia.

Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la justa.

-¿Pa qué roban? -replicó ésta.

-Y tú, ¿por qué...?

-Yo, para comer.

-Pues ellos también para comer.

La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia.

Había ido con la hija de la portera de su casa.

Allí estaba el patíbulo y señaló el centro de una tapia frente a una capilla-. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de estar ya muerta de espanto; la sentaron en el banquillo, y el cura con una cruz alzada se puso delante de la Higinia; la ató el verdugo con unas cuerdas por los pies, sujetándola las faldas; luego la tapó la cara con un pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella, dio de prisa dos vueltas a la rueda; en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan raída sobre el palo.

Después -terminó diciendo la Flora-, la otra chica y ella tuvieron que echar a correr, porque los guardias civiles dieron una carga.

Vidal, al oír tan minuciosas descripciones, palideció.

-Estas cosas me matan -dijo, poniéndose una mano sobre el corazón.

-¿Para qué has querido venir? -le preguntó Manuel-. ¿Quieres que nos volvamos?

-No, no.

Salieron a la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un grupo de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de caballería; presentaba un aspecto extraño a la luz vaga del amanecer. Se detuvo el escuadrón frente a la cárcel.

-A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte -decía un vejete, a quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución debía de parecer en extremo desagradable.

-Hacia San Bernardino es donde lo fusilan -anunció un golfo.

Todos echaron a correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espacio despejado era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro a la carrera; bajaron tres figuras que parecían muñecos; los dos de a los lados del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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