La lucha por la vida II: 099

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-¡Bajad las cabezas -decían los del público, los que estaban atrás-, que veamos todos!

Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente, porque, moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando: los fusiles apuntaron.

-¡Bajad las cabezas! -gritaron otra vez con acento irritado los que se hallaban colocados en tercera y cuarta fila.

Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.

-Es el golpe de gracia -murmuró Vidal.

Todo el mundo echó a andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel, Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros cuando oyeron otra detonación.

-Se conoce que no había muerto -añadió Vidal, más pálido.

Estaban los cuatro preocupados.

-¿Sabes? -dijo Vidal-. Se me ha ocurrido una cosa para quitarnos la mala impresión de esto: irnos a merendar esta tarde.

-¿Adónde? -preguntó Manuel.

-Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te parece?

-Muy bien.

-¿La Justa no tendrá nada que hacer?

-No.

-Bueno. Pues, entonces, al mediodía estamos todos en el merendero de la señora Benita, que está cerca del embarcadero y del puente del Sotillo.

-Convenido.

-Ahora vamos a dormir un rato.

Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa, y fueron al merendero; todavía no había llegado nadie.

Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada.

Compró diez céntimos de cacahuetes y se puso a comerlos.

-¿Quieres? -le dijo a Manuel.

-No; se me meten en las muelas.

-Pues y o tampoco y los tiró al suelo.

-¿A qué los compras para tirarlos?

-Me da la gana.

-Bueno, haz lo que quieras.

Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa, impacientada, se levantó.

-Me voy a casa -dijo.

-Yo voy a esperar -replicó Manuel.

-Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.

Manuel se encogió de hombros.

-Y que te den morcilla.

-Gracias.

La Justa, que iba a marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una guitarra.


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