La lucha por la vida II: 100

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.

Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida de un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa, comenzó a reírse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo retintín y recalcando la palabra:

-Estos pericos...

-¡La tía gamberra! -murmuró la Justa, y cantó a media voz, dirigiéndose a la chata, este tango:

-¡Indecente! -gruñó la gorda.

El hombre con facha de gitano se acercó a Manuel para decirle que aquella señora (la justa) estaba faltando a la suya, y que él no podía permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, a pesar de esto, contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se había faltado a nadie, y se arregló la cuestión. Pero la justa estaba con humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros, desvergonzado por razón de oficio.

-Calla, ¡leñe! -gritó Calatrava, dirigiéndose a la justa-, y tú calla también -lijo al organillero-, porque si no te voy a arrimar un estacazo.

-Vamos nosotros adentro -indicó Vidal.

Pasaron las tres parejas a un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un barandado de palitroques que daba al Manzanares.

En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla a otra.

Trajeron la comida, pero la justa no quiso comer, y a las preguntas que la hicieron no contestó; y luego, sin saber por qué, empezó a llorar amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se tranquilizó y quedó alegre y jovial.

Comieron allá opíparamente y salieron un momento a bailar a la carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al Bizco por delante del merendero.

-¿Será él? ¿Qué buscará por aquí? -se preguntó.

Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato. Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba. Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando negros, arrasando ingenios, destruyendo e incendiando todo lo que se le ponía por delante.

Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo. De pronto, Calatrava calló, pensativo, como si algún recuerdo triste le embargara.

Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del Espartero con un gran sentimiento, después tarareó el de La Tempranica con mucha gracia, cortando las frases para dar más intención y poniendo la mano en la boca de la guitarra, para detener a veces el sonido. La Flora marcó unas cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano, cantaba:

Eres más fea que un perro de presa,
y a presumida no hay quien te gane.

Luego fue Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabia puntear como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas a los ojos, el recuerdo de la derrota..., algo exótico y al mismo tiempo íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.

Y Manuel sentía al oír aquellas canciones la idea grande, fiera y sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia, con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...


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