La lucha por la vida II: 101

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:

¡Ze coman los mengues
mardita la araña
que tie en la barriga
pintá una guitarra!
Bailando ze cura
tan jondo doló...
¡Ay! Malhaya la araña
que a mí me picó.
Pinté a Matansa, confusa,
la playa de Viyamá,
y no he podio pintá
el nido de la lechusa,
Yo pinté por donde crusa
un beyo ferrocarrí,
un machete y un fusí
y una lancha cañoera,
y no pinté la bandera
por la que voy a morí.

No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...

Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes encendidas como dragones de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia poniente se llenaba de llamas.

Luego oscureció: fue ennegreciéndose el campo, el sol se puso.

Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla a otra, pasaban mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.

Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero, llegaba el rasguear lejano de una guitarra.

Vidal salió del cobertizo.

-Ahora vengo -erijo.

Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.

-¿Ha sido Vidal? -preguntó la Flora.

-No sé -dijo Calatrava, dejando la guitarra sobre la mesa.

Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban a brazo partido. Uno de ellos era Vidal; se le conocía por el sombrero cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dio un grito de terror; poco después los dos hombres se separaron y Vidal cayó a tierra, de bruces, en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió de asestarle diez o doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó a la otra orilla y desapareció.

Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se acercaron por el puente de tablas hacia el islote.

Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto a él. Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró del mango, pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras.

Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el pecho sobre el corazón.

-Está muerto -dijo tranquilamente.

Manuel miró el cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se reflejaban en los ojos, muy abiertos. Calatrava puso el cadáver en la misma posición que lo había encontrado. Volvieron al merendero.

-¡Hala!, vámonos -dijo Marcos.

-¿Y Vidal? -preguntó la Flora.

-Ha espichado.

La Flora comenzó a chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del brazo y la hizo enmudecer.

-Vaya..., ahuecando -dijo, y con gran seriedad pagó la cuenta, cogió la guitarra y salieron todos del merendero.

Había oscurecido; a lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el poniente por grandes fajas moradas y verdosas; las estrellas comenzaban a lucir y a parpadear con languidez; el río brillaba con reflejo de plata.

Pasaron silenciosos el puente de Toledo, cada uno entregado a sus pensamientos y a sus temores. Al final del paseo de los Ocho Hilos encontraron dos coches; Calatrava, la Aragonesa y la Flora entraron en uno; la Justa y Manuel, en otro.


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