La lucha por la vida II: 103

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-Tomaremos un tranvía -dijo uno de los polizontes.

Entraron; venían atestados de gente y fueron los tres en la plataforma.

Al llegar a la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos o tres calles, aparecieron frente a las Salesas; de aquí torcieron una esquina, se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de éste hicieron entrar a Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.

Dicen que la soledad y el silencio son como el padre. y la madre de los pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no encontró la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar, no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio en donde sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala silla ni una mala banqueta en el calabozo. Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer en el suelo. Así permaneció algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en un montante.

-Han encendido luz -se dijo Manuel-. Habrá oscurecido.

Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.

-Ande usted, que si no le va a salir peor cuenta —decía una voz grave.

-Pero si yo no he sido, señor guardia; si yo no he sido -replicaba una voz suplicante-; déjeme usted ir a casa.

-¡Hala! Adentro.

-¡Por Dios! ¡Por Dios! Yo no he sido.

-Adentro.

Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo; después, el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió clamando con pesada monotonía:

-Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido...

-Pues, señor, ¡vaya una lata! -se dijo Manuel-. Si está toda la noche así, me va a divertir.

Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco a poco y debieron de terminar en silencioso llanto. Se oían en el corredor los pasos rítmicos de alguno que iba y venía.

Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.

Tal carencia de ideas le condujo como de la mano a un sueño profundo, que quizá no duró más que un par de horas, pero que a él le parecieron un año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fue para él tan reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte, dispuesto a cualquier cosa.

Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta.

Llamó discretamente a la puerta del calabozo.

-¿Qué quiere usted? -le dijeron de fuera.

-Quisiera salir un rato.

-Salga usted.

Salió al pasillo.

-¿Podría traerme alguno un café? -preguntó a un guardia.

-Pagándolo...

-Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una cajetilla.

Entregó al guardia dos pesetas.

-Ahora van -dijo éste.

-¿Qué hora es? -preguntó Manuel.

-Las doce.

-Si no fuera porque tengo que estar en este rincón, le invitaría a tomar café conmigo; pero...


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