La lucha por la vida II: 104

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.

Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:

-Llévese usted un banco de éstos para dormir.

Manuel cargó con uno y se echó a la larga. El día anterior, libre, se encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.

El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro; la imaginación aletea en la oscuridad como los pájaros nocturnos; como ellos, también se refugia en las ruinas.

Manuel no durmió, pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.

Le irían a llevar ante el juez. ¿Qué iba a contestar? Idearía un plan: una casualidad le había llevado al puente del Sotillo; no conocía a Calatrava; pero ¿y si le careaban con ellos? Se iba a embarullar. Lo mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, por favorecer su causa: le conocía a Calatrava por su primo; le veía de cuando en cuando en el salón; él trabajaba en una imprenta..

Estaba ya decidido a seguir este plan cuando entró un guardia.

-Manuel Alcázar.

-Servidor.

-Anda, al despacho del juez.

Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.

-¿Da usted su permiso? -dijo el guardia.

-Adelante.

Pasaron a un despacho con dos grandes ventanas, por donde se veían los árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez, sentado en un sillón de alto respaldo. Frente a la mesa había un armario de estilo gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y firmaba de prisa.

Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel. El juez echó una mirada rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:

«Hay que decir la verdad; si no, me la arrancarán y será peor.» Con esta decisión se sintió más tranquilo.

-Acérquese usted -dijo el juez.

Manuel se acercó..

-¿Cómo se llama usted?

-Manuel Alcázar.

-¿Cuántos años tiene?

-Veintiuno.

-¿Qué oficio?

-Cajista. -¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado?

-Sí, señor.

-Si así lo hace, Dios se lo premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo usted el día del crimen?

-La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos a ver cómo fusilaban a un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y a las once fui con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos habíamos citado con Vidal.

-¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?

-Era su primo.


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