La lucha por la vida II: 109

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-¡Quién hace justicia de este modo! -murmuró el juez, pensativo.

El Garro contempló al juez irónicamente.

Se oyó el timbre del teléfono, que resonó durante largo tiempo.

-¿Da usía su permiso? -preguntó un escribiente.

-¿Qué hay?

-De parte del señor ministro, si se ha despachado el asunto conforme a sus deseos.

-Que sí, dígale usted que sí -contestó el juez, malhumorado. Luego se volvió hacia el agente-. Este muchacho preso, ¿no tiene participación ninguna en el crimen?

-Absolutamente ninguna -contestó el Garro.

-¿Es primo del muerto?

-Sí, señor.

-¿Y conoce al Bizco?

-Sí; ha sido amigo suyo.

-¿Podría ayudar a la policía a capturar al Bizco?

-De eso yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?

-Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda? Andará escondido por las afueras.

-¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?

-El mejor es un cabo de Orden público que se llama Ortiz. Si quiere usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga a Ortiz a mis órdenes, el Bizco antes de ocho días está en la cárcel.

Llamó el juez a un escribiente, le mandó escribir una carta y se la entregó a Garro.

Salió éste del despacho del juez e hizo que abrieran el calabozo a. Manuel.

-¿Hay que declarar otra vez? -preguntó el muchacho.

-No; vas a firmar la declaración y quedas libre. Vamos. Salieron a la calle. A la puerta del juzgado vio Manuel a la Fea y a la Salvadora; pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.

-¿Estás ya libre? -le dijeron.

-Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?

-Lo hemos leído en el periódico -contestó la Fea-, y a ésta se le ocurrió traerte la comida.

-¿Y Jesús?

-En el hospital.

-¿Qué tiene?

-El pecho. Ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.

-Bueno.

-Adiós, ¿eh?

-Adiós, y muchas gracias.

Dieron el Garro y Manuel la vuelta a la esquina y entraron en un portal adornado con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.

-¿Qué es esto? -preguntó Manuel.

-Ésta es la Casa de Canónigos.

Recorrieron un pasillo con las mamparas negras, y en un cuarto donde escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.

-Ahí fuera debe de estar -le dijeron.


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