La lucha por la vida II: 112

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-Está bien.

-¿No hay más que decir?

-Nada.

-Pues adiós, y buena mano derecha.

-Adiós.

El Garro salió de la casa y quedaron frente a frente Manuel y Ortiz.

-Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo sabes

-le dijo el cabo a Manuel.

El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una cicatriz profunda en la mejilla.

Vestía de paisano, traje oscuro y gorra. En su figura había algo de lo agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.

-¿No me va usted a dejar salir? -preguntó Manuel.

-No.

-Tenía que ver a unas amigas.

-Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas? Algunas golfas...

-No; son las hermanas de un cajista, compañero mío, que fueron mis vecinas en el parador de Santa Casilda.

-¡Ah! , pero ¿tú has vivido allí?

-Sí.

-Pues yo también. Las conoceré.

-No sé; son hermanas de un cajista que se llama Jesús.

-La Fea.

-Sí.

-La conozco. ¿Dónde vive?

-En el callejón del Mellizo.

-Aquí mismo está. Vamos a verla.

Salieron de la casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón, que en su principio tenía empalizadas a ambos lados y estaba obstruido por grandes losas, puestas unas encima de otras, más que una casa grande en el fondo. Delante de la casa, en un patio grande, trajinaban algunos cañís con mulas y pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.

Preguntaron a un gitano por la Fea, y les indicó el número 6 del piso segundo.

En la puerta del cuarto, en un letrero escrito en una cartulina, ponía:

«Se cose a máquina».

Llamaron y apareció un chiquillo rubio.

-Éste es el hermano de la Salvadora -dijo Manuel.

Se presentó la Fea en la puerta y recibió a Manuel con grandes muestras de alegría y saludó a Ortiz.

-¿Y la Salvadora? -preguntó Manuel.

-En la cocina; ahora viene.

El cuarto era claro, con una ventana por donde entraban los últimos rayos del sol poniente.

-Debe de ser muy alegre este cuarto -dijo Manuel.

-Entra el sol desde que sale hasta que se marcha -contestó la Fea-.


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