La lucha por la vida II: 113

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


Queremos mudarnos; pero no encontramos cuarto parecido a éste.

Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.

-¿Y Jesús, en el hospital?

-En la clínica de San Carlos -dijo la Fea.

No quería ser gravoso a la familia; y aunque la Salvadora y ella le habrían cuidado en casa, a él se le había metido en la cabeza ir al hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban a dar de alta.

En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó a Manuel y a Ortiz y se sentó a coser a máquina.

-¿Te quedarás a cenar con nosotros? -le preguntó la Fea a Manuel.

-No, no puedo; no me dejan.

-Si vosotras me aseguráis -saltó diciendo Ortiz- que cuando le avise a este hombre, vendrá, aunque sean las dos de la mañana, le dejo libre.

-Sí, pues se lo aseguramos a usted-dijo la Fea.

-Bueno; entonces me voy. Mañana, a las nueve en punto, en mi casa. ¿Estamos?

-Sí, señor.

-Con exactitud militar.

-Con exactitud militar.

Se fue Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.

La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste la miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso; jugó con Manuel y le contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su tía, como le llamaba a la Fea.

Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una bordadora de la vecindad, y Manuel se encontró con dos antiguos amigos suyos: el Aristas y el Aristón.

El Aristas había olvidado su entusiasmo de gimnasta y se había hecho capataz de periódicos.

Corría medio Madrid llevando el papel de un puesto a otro, y le había sustituido al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde pegaba anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de memoria todo el Don Juan Tenorio, El puñal del godo y otros dramas románticos; tenía tres o cuatro novias, y a todas horas hablaba, peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.

El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy agradablemente entre sus antiguos amigos.

Vio o creyó ver al menos, que el Aristón galanteaba a la Fea y la llamaba repetidas veces Joaquina como era su nombre. La Fea, al verse galanteada, se ponía hasta guapa.

Manuel, de noche, fue a su casa a la calle de Galileo. No había vuelto la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera de San Francisco.


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