La lucha por la vida II: 114

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


La pista del Bizco - Las afueras - El ideal de Jesús


Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, a las nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.

-Así me gusta -le dijo el cabo-. Con puntualidad militar. Ortiz se armó de un revólver, que metió en el cinto; de un bastón, que sujetó al puño con una correa, y de una cuerda; entregó un garrote a Manuel y salieron los dos.

Vamos por estos cafetines -dijo el guardia a Manuel-, y tú mira bien si está el Bizco.

Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.

Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido también, y el instinto de persecución era en él tan fuerte como en los perros de caza.

Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha siempre con los contrabandistas, hasta que vino a Madrid y entró en el Orden público.

-He hecho más servicios que nadie -dijo-; pero no me ascienden porque no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo.

Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como yo, sino su trabuco. Era un guerrero.

Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.

-No hay nada de lo que buscas -dijo el tabernero al policía.

Ya veo que no, tío Pepe —contestó Ortiz, y sacó dos monedas para pagar.

-Está pagao -replicó el tabernero.

-Gracias. ¡Adiós!

Salieron de la taberna y llegaron a la plaza de la Cebada.

-Vamos al café de Naranjeros -dijo el polizonte-,aunque por aquí no es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se piensa...

Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con las cantaoras Ortiz, desde la puerta, gritó:

-¡Eh, Tripulante! , haz el favor.

Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó a Ortiz.

-¿Tú no conoces a un randa a quien llaman el Bizco?

-Sí, creo que sí.

-¿Anda por estos barrios?

-No, por aquí no.

-¿De veras?

-De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.

-Te creo, hombre; ¿por qué no? Oye, Tripulante -añadió Ortiz, agarrando del brazo al muchacho-. Ojo, ¿eh?, que te vas a caer.

El Tripulante se echó a reír, y poniéndose el dedo índice de la mano derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:

-¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cavará !

-Bueno; pues estate al file por si acaso. Mira que te se conoce.

-Descuide usted, señor Ortiz -replicó el muchacho-; se filará. Salieron el guardia y Manuel del café.

-Éste es uno del ful listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizá el Tripulante tenga razón.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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