La lucha por la vida II: 115

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


Llegaron a la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada; brillaban algunas hogueras a lo lejos; de la chimenea de la Fábrica del Gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar con su nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, a las Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos a boca con el sereno.

Ortiz le dijo a lo que iban y le dio las señas del Bizco; pero el sereno les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.

-Preguntaremos, si ustedes quieren.

Entraron los tres por un pasillo estrecho a un patio, con el suelo lleno de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron a mirar. A la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veta un viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado, dos muchachos y una chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.

Salieron del patio y recorrieron una callejuela.

-Aquí hay una familia que no conozco -dijo el sereno, y llamó a la puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.

-¿Quién es? -dijo de adentro una voz de mujer.

-La autoridad —contestó Ortiz.

Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un camastro hecho de harapos y papeles dormía una mujer ciega. El sereno metió el chuzo por debajo de la cama.

-Ya ven ustedes, aquí no está.

Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.

-Ahí, en las Cambroneras, vivió el Bizco durante algún tiempo -dijo Manuel.

-Entonces no hay que buscarle por ahí; pero no importa, ¡hala que hala! -repuso Ortiz-. Vamos allá.

Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles a los lados del puente de Toledo; alguna vena estrecha del río los reflejaba en el agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la Fábrica del Gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían a lo lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal, los árboles torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente oscuro de la noche.

Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el Bizco.

-Yo hablaré mañana a Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?

-En la taberna de la Blasa.

-Bueno. Allí iré a las tres.

Volvieron a pasar por el puente y entraron en Casa Blanca.

-Veremos al administrador -dijo Ortiz.

Entraron en un portal, y a un lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía la luz, llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.

-¿Quién es? -gritó.

Ortiz se dio a conocer.

-Aquí no está ése -contestó el administrador-. Estoy seguro; tengo todos mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.

De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas, y Ortiz echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas tabernas del barrio, en donde había gente, a pesar de tener las puertas cerradas.

Al pasar por la calle del Ferrocarril, el sereno señaló el sitio donde habían encontrado descuartizada a la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el sereno de éste y otros crímenes cometidos allá cerca, y se despidieron.

-Este sereno es un barbián -dijo Ortiz-; ha acabado con los matones de las Peñuelas a garrotazos.


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