La lucha por la vida II: 117

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-¿Acaso es usted de la policía? -preguntó el hombre.

-No; no, señor.

-Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco a ese Bizco y el hombre volvió la espalda.

-Aquí hay que andar con mucho ojo -murmuró Ortiz-, porque si se enteran a lo que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.

Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del Manzanares.

En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente, pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela, buscando grillos.

Llegaron Manuel y Ortiz a unas casas de campo que llamaban la China; el guardia interrogó a un hortelano. No conocía al Bizco. Se alejaron de allá y se sentaron en la hierba a descansar. Iba anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre, del remate de algún edificio, centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos; alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda azul de Prusia del cielo; el Guadarrama, de color violeta oscuro, rompía con sus picachos blancos el horizonte lejano.

Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era de noche; tomaron una copa en el merendero de la Manigua y echaron una ojeada por allá.

-Cena conmigo -dijo Ortiz-, y por la noche volveremos a la cacería.

Hemos de registrar todo Madrid.

Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de las calles del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al sentarse el guardia y Manuel se comunicaron los contertulios unos a otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima, mostrando en un corro una sortija y una peineta, se las guardó de prisa y corriendo al ver a Ortiz. El guardia notó la maniobra y le llamó al mozo.

-¿Qué quiere usted? -preguntó éste, escamado.

-Preguntarte una cosa.

-Usted dirá.

-¿Tú conoces a uno que llaman el Bizco?

-Yo, no, señor.

El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse de que no conocía al Bizco, porque murmuró:

-No sabe nadie dónde está.

Siguieron recorriendo las tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en uno de sus balcones.

Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes, iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público. Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa, con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas; era la encargada.

-Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted lo permite, entraremos.

La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.

Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha, con pies derechos de madera a ambos lados y dos filas de camas. En la crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado.

Ortiz pidió la vela y fue alumbrando los rostros de los que ocupaban las camas.


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