La lucha por la vida II: 118

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


Unos dormían con desaforados ronquidos; otros, despiertos, se dejaban contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente enferma...

-Y abajo, ¿hay alguien? -preguntó Ortiz a la encargada.

-En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno. Bajaron al portal. Una puerta conducía a un sótano húmedo. En un rincón dormía un mendigo, envuelto en harapos.

Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana y con la Salvadora.

Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido.

Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en que no se habían visto. Después pasaron a cosas del momento, y Manuel expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.

-Ya, ya me lo han dicho -advirtió Jesús-, y yo no quería creerlo. ¿De manera que a ti te dejaron en libertad a condición de que ayudases a coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?

-Sí. Si no, no me dejan en libertad. ¿Qué iba a hacer?

-Negarte.

-¿Y pudrirme en la cárcel?

-Y pudrirte en la cárcel mejor que hacer a un amigo una charranada.

-El Bizco no es amigo mío.

-Pero lo fue por lo que tú dices.

-Amigo, no...

-Compañero de golfería, vamos.

-Sí.

-¿De modo que te has hecho polizonte?

-¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.

-¡Cualquiera se fía de ti! -añadió sarcásticamente el cajista.

Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco era un bandido; pero a él no le había hecho nunca daño, era la verdad.

-Lo malo es que no me puedo volver atrás -dijo Manuel-, ni escaparme, porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar a tu hermana y a la Salvadora a la cárcel.

-¿Por qué?

-Porque ellas le han dicho que respondían por mí.

-¡Quia, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te advirtieron que no se te olvidara hacer lo de los demás días y que no saben nada más, sencillamente.

-¿A ti qué te parece? -preguntó Manuel, indeciso, a la Fea.

-Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que se dice, y que a nosotros no nos pueden hacer nada.

-Hay otra cosa -advirtió Manuel-: que yo no puedo vivir escondido mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán.

Yo te llevaré a una imprenta que conozco -replicó Jesús.

-Pero pueden sospechar. No, no.

-¿Prefieres ser un charrán?

-Voy a hacer una cosa: ir ahora mismo a ver a uno que lo puede arreglar todo.

-Espera un momento.


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