La lucha por la vida II: 119

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 119 de 121
La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-No, no; déjame.

Salió Manuel decidido a hablar con el Cojo o con el Maestro. Fue a la carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre que solía estar en la puerta de la sala del juego le preguntó:

-Y el Maestro, ¿está en la secretaría?

-No; el que está es don Marcos.

Llamó Manuel a la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al vera Manuel le miró fijamente:

-¿A qué vienes tú aquí, soplón? -exclamó-. Aquí no haces falta.

-Ya lo sé.

-Estás despedido. El jornal no lo esperes.

-No; no lo espero.

-Entonces, ¿a qué vienes aquí?

Vengo a esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en libertad con la condición de que ayudara a coger al que mató a Vidal, y a mí me hacen ir y venir a todas horas, y ya me he hartado de eso, y ya no quiero hacer de polizonte.

-Pues mira, de todo eso, a mí... Prim.

-No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, a quien me confió el Garro, me cogerán y me llevarán a la cárcel.

-Bueno; allá aprenderás a no mover la sinhueso.

-No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo a la gente...

-Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.

-No; yo quiero que le diga usted al Garro que no me da la gana de perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga; conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.

-Lo que voy a hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!

-Eso lo veremos.

Se acercó el Cojo a Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo; pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle la mano, y empujándole para atrás le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se fue hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron. En esta situación apareció el Maestro en la puerta de la secretaría.

-¿Qué pasa? -preguntó, mirando a Calatrava y a Manuel severamente-. Marchaos vosotros -añadió, dirigiéndose a los demás. Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.

El Maestro, después de oírle, dijo a Calatrava:

-¿Es eso de veras lo que te ha dicho?

-Sí; pero ha venido aquí con exigencias...

-Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera -añadió, dirigiéndose a Manuel- que tú no quieres ayudar a la Policía? Haces bien. Puedes marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.

Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa a dar una vuelta. Hacía una noche de calor sofocante; bajaron a la ronda.

Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo: un odio, hasta entonces amortiguado, se despertaba en su alma contra la sociedad, contra los hombres...

-De veras te digo -concluyó diciendo- que quisiera que estuviera lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho ascuas.

Y, rabioso, invocó a todos los poderes destructores para que redujesen a cenizas esta sociedad miserable.

Jesús le escuchaba con atención.


<<<

La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Índice de artículos

>>>