La lucha por la vida III: 002

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La lucha por la vida III Prólogo Pío Baroja


-Pero hay que vivir, chico. Si yo tuviera dinero, ¿me haría cura? No; me iría al campo y viviría la vida rústica, y trabajaría la tierra con mis propios bueyes, como dice Horacio: Paterna rura bobis, exercet suis; pero no tengo un cuarto, y mi madre y mis hermanas están esperando a que acabe la carrera. ¿Y qué voy a hacer? Lo que harás tú también.

-No; yo no. Tengo la decisión firme, inquebrantable, de no volver al seminario.

-¿Y cómo vas a vivir?

-No sé; el mundo es grande.

-Eso es una niñada. Tú estás bien, tienes una beca en el seminario. No tienes familia. Los profesores han sido buenos para ti..., podrás doctorarte..., podrás predicar..., ser canónigo..., quizá obispo.

-Aunque me prometieran que había de ser Papa no volvería al seminario.

-Pero ¿por qué?

-Porque no creo; porque ya no creo; porque no creeré ya más. Calló Juan y calló su compañero, y siguieron caminando uno junto a otro.

La noche se entraba a más andar, y los dos muchachos apresuraron el paso. El mayor, después de un largo momento de silencio, dijo:

-¡Bah!... Cambiarás de parecer.

-Nunca.

-Apuesto cualquier cosa a que eso que me dijiste del padre Pulpon te ha hecho decidirte.

-No; todo eso ha ido soliviantándome; he visto las porquerías que hay en el seminario; al principio lo que vi, me asombró y me dio asco; luego, me lo he explicado todo. No es que los curas son malos; es que la religión es mala.

-Tú no sabes lo que dices, Juan.

-Cree lo que quieras. Yo estoy convencido; la religión es mala, porque es mentira.

-Chico, me asombra oírte. Yo que te creía casi un santo. ¡Tú, el mejor discípulo del curso! ¡El único que tenía verdadera fe, como decía el padre Modesto!

-El padre Modesto es un hombre de buen corazón, pero es un alucinado.

-¿Tampoco crees en él? Pero ¿cómo has cambiado de ese modo?

-Pensando, chico. Yo mismo no me he dado cuenta de ello. Cuando comencé a estudiar el cuarto año con don Tirso Pulpon todavía tenía alguna fe. Aquel año fue el del escándalo que dio el padre Pulpon con uno de los chicos del primer curso, y, te digo la verdad, para mí, fue como si me hubiesen dado una bofetada. Al mismo tiempo que con don Tirso, estudiaba con el padre Belda, que, como dice el lectoral, es un ignorante profeso. El padre Belda le odia al padre Pulpon, porque Pulpon sabe más que él, y encargó a otro chico y a mí que nos enteráramos de lo que había pasado. Aquello fue como meterse en una letrina. ¡Yo, qué había de sospechar lo que pasaba! No sé si tú lo sabrás; pero si no lo sabes, te lo digo: el seminario es una porquería completa.

-Sí, ya lo sé.

-Un horror. Desde que me enteré de estas cosas, no sé lo que me pasó; al principio sentí asombro; luego, una gran indignación contra toda esa tropa de curas viciosos que desacreditan su ministerio. Luego leí libros, y pensé y sufrí mucho, y desde entonces ya no creo.

-¿Libros prohibidos?

-Sí.

-Últimamente, en la época de los exámenes dibujé una caricatura brutal, horrorosa, del padre Pulpon, y algún amiguito suyo se la entregó. Estábamos a la puerta del seminario hablando, cuando se presentó él:


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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