La lucha por la vida III: 009

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La lucha por la vida III Prólogo Pío Baroja


-No hay que pararse. Al que se pare le voy a dar dos palos -y después añadía, sonriendo y haciendo molinetes con una garrota que acababa de cortar-: ¡Arriba, chiquito!

Terminó la subida por el lecho del torrente y pudieron descansar en un abrigadero de la montaña. Se divisaban desde allá extensiones sin límites, cordilleras lejanas como murallas azules, sierras desnudas de color de ocre y de color de rosa, montes apoyados unos en otros. El sol se había ocultado; algunos nubarrones violáceos avanzaban lentamente por el cielo azul.

-Tendrás que volver con nosotros, chiquito -dijo el guardia de los bigotes-; se barrunta la borrasca.

-Yo sigo adelante -dijo Juan.

-Tanta prisa tienes?

-Sí, no quiero volver atrás.

-Entonces, no esperes; vete de prisa a ganar aquella quebrada.

Pasándola, poco después hay un chozo donde podrás guarecerte.

-Bueno. ¡Adiós!

-¡Adiós, chiquito!

Juan estaba cansado, pero se levantó y comenzó a subir la última estribación del monte por una escabrosa y agria cuesta.

-No hay que retroceder nunca -murmuró entre dientes.

Los nubarrones iban ocultando el cielo; el viento venía denso, húmedo, lleno de olor de tierra; en las laderas las ráfagas huracanadas rizaban la hierba amarillenta; en las cumbres, el aire apenas movía las copas de los árboles de hojas rojizas. Luego, las faldas de los montes se borraron envueltas en la niebla; el cielo se oscureció más; pasó una bandada de pájaros gritando...

Comenzaron a oírse a lo lejos los truenos; algunas gruesas gotas de agua sonaron entre el follaje; las hojas secas danzaron frenéticas de aquí para allá; corrían en pelotón por la hierba, saltaban por encima de las malezas, escalaban los troncos de los árboles, caían y volvían a rodar por los senderos... De repente, un relámpago formidable desgarró con su luz el aire, y al mismo tiempo, una catarata comenzó a caer de las nubes. El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer aplastarlos contra el suelo.

Juan llegó a la parte más alta del monte, un callejón entre paredes de roca. Las bocanadas de viento encajonado no le dejaban avanzar. Los relámpagos se sucedían sin intervalos; el monte, continuamente lleno de luz, temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad y parecía que iba a hacerse pedazos.

-No hay que retroceder -se decía Juan a sí mismo.

La hermosura del espectáculo le admiraba en vez de darle terror; en las puntas de los hastiales de ambos lados de esquistos agudos caían los rayos como flechas.

Juan siguió a la luz de los relámpagos a lo largo de aquel desfiladero hasta encontrar la salida.

Al llegar aquí, se detuvo a descansar un instante. El corazón le latía con violencia; apenas podía respirar.

Ya la tempestad huía; abajo, por la otra parte de la quebrada, se veía brillar el sol sobre la mancha verde de los pinares...; el agua clara y espumosa corría a buscar los torrentes; entre las masas negruzcas de las nubes aparecían jirones de cielo azul.

-¡Adelante siempre! -murmuró Juan. Y siguió su camino.


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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