La lucha por la vida III: 010

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


Un barrio sepulcral - Divagaciones trascendentales - Electricidad y peluquería - Tipos raros, buenas personas

La casa estaba en esa plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de Magallanes, cerca de antiguos y abandonados cementerios. Limitaban la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en larga tapia. Este edificio amarillo, con su bóveda pizarrosa, su tinglado de hierro y su campana, era, a juzgar por un letrero medio borrado, la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.

A derecha e izquierda de esta iglesia seguía una tapia medio derruida; a la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña, por cuyas rendijas se veía el cementerio, con los nichos vacíos y las arcadas ruinosas; a la derecha, en cambio, la pared, después de limitar la plazoleta, se torcía en ángulo obtuso, formando uno de los lados de la calle de Magallanes, para lo cual se unía a las verjas, paredones, casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras de otros. Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San Luis y San Ginés y la Patriarcal.

Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veían en un cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San Martín, que se destacaban rígidas en el horizonte.

Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrían presentar méritos tan altos, tan preeminentes para obtener los títulos de sepulcral y de fúnebre como la de Magallanes.

En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente fúnebre, de una funebridad única e indivisible. Solamente podía parangonarse en especialización con ella alguna otra callejuela de barrios bajos y la calle de la justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre todo, dedicada galantemente a la diosa de las labores agrícolas, con sus casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle, resto del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la boca, que se hablan de puerta a puerta, acarician a los niños, echan céntimos a los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la comparación con aquélla, podía llamarse, sin protesta alguna, calle del Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia, el nombre de calle de la Muerte.

Otra cualidad un tanto paradójica unía a estas dos calles, y era que, así como la de Ceres, a fuerza de ser francamente amorosa, recordaba el sublimado corrosivo y a la larga la muerte; así la de Magallanes, por ser extraordinariamente fúnebre, parecía a veces una calle jovial, y no era raro ver en ella a algún obrero cargado de vino, cantando, a alguna pareja de golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.

La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una parte baja por donde corría ésta y otra a un nivel más alto, que formaba como un raso delante de la parroquia. En este raso o meseta, con una gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la vecindad.

Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.

Tenía la tal casuca un tejado saliente y alabeado, puerta de entrada en medio, a un lado de ésta una barbería y al otro una ventana con rejas.

Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y remozado; los balcones con sus cortinillas blancas y sus macetas de geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un chambergo.

La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía:

LA ANTISÉPTICA

PELUQUERÍA ARTÍSTICA

En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas: en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual manaba un surtidor rojo, que iba a parar con una exactitud matemática al fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de cintas oscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el observador se aventuraba a suponer si el artista habría tratado de representar un vivero de esos anélidos vulgarmente llamados sanguijuelas.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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