La lucha por la vida III: 012

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


Manuel seguía con la vista los cambios de forma del humo negrísimo espirado por la chimenea de la fábrica; unas veces subía a borbotones, oblicuamente, en el aire gris; otra, era una humareda tenue que rebasaba los bordes del tubo, como el agua en un surtidor sin fuerza, y se derramaba por las paredes de la chimenea; otras, subía como una columna recta al cielo, y cuando venía una ráfaga huracanada, el viento parecía arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensión del espacio.

El cuarto donde hablaban Perico y Manuel era el taller del electricista: un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de barco. En la ventana, sobre el alféizar, había un cajón lleno de tierra, donde nacía una parra que salía al exterior por un agujero de la madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y, unido a ésta, un banco de carpintero con su tornillo de presión. A un lado de la ventana, en la pared, había un reloj de pesas, de madera pintarrajeada, y al otro lado, una librería alta con unos cuantos tomos, y, en el último estante, un busto de yeso que, desde. la altura que se encontraba, miraba con cierto olímpico desdén a todo el mundo. Había, además, en las paredes, un cuadro para probar lamparillas eléctricas, dos o tres mapas, fajos de cordones flexibles, y, en el fondo, un viejísimo y voluminoso armario desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de porcelana, se advertía un aparato extraño, cuya aplicación práctica era difícil de comprender al primer golpe de vista, y, quizá, también al segundo.

Era un artificio mecánico, movido por la electricidad, que Perico tuvo en el escaparate durante mucho tiempo como un anuncio de su profesión. Un motor eléctrico movía una bomba; ésta sacaba el agua de una cubeta de cinc y la echaba a un depósito de cristal, colocado en alto; de aquí el agua pasaba por un canalillo, y, después de mover una rueda, caía a la cubeta de cinc, de donde había partido. Esta maniobra continua del aparato atraía continuamente un público de chiquillos y de vagos.

Perico se cansó de exhibirlo, porque se colocaban los grupos delante de la ventana y le quitaban la luz.

-Sí, hombre -dijo Perico después de un largo rato de silencio-; debías establecerte cuanto antes y casarte.

-¡Casarme! ¿Con quién?

-¡Toma! ¿Con quién? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tú y ella... podéis vivir al pelo.

-Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico -dijo Manuel-. ¿Tú la entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algún cariño, porque soy de la casa, como al gato; pero en lo demás...

-¿Y tú?

-Hombre, yo no sé si la quiero o no.

-¿Aún te acuerdas de la otra?

-Al menos aquélla me quería.

-Lo que no impidió que te dejara; la Salvadora te quiere.

-¡Qué sé yo!

-No digas. Si no hubiese sido por ella, ¿dónde estarías tú?

-Estaría hecho un golfo.

-Me parece.

-Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.

-¿Y tú no tienes más que agradecimiento por ella? -No lo sé, la verdad. Yo creo que por ella sería capaz de hacer cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi como si fuera mi madre.

Manuel calló, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado, y un amigo suyo entraron en el taller.

Eran los reciénvenidos un par de tipos extravagantes; llevaba Rebolledo, padre, un sombrero hongo de color café con leche, con gasa negra, chaqueta casi morada, pantalones casi amarillentos, de color de la bandera de la peste, y un bastón de caña con puño de cuerno. El amigo era un viejecillo con aire de zorro, de ojos chiquitos y brillantes, nariz violácea, surcada por rayas venosas, y bigote corto y canoso. Iba endomingado. Vestía una chaqueta de un paño duro como piedra, un pantalón de pana, un bastón hecho con cartas, con una bola de puño, y, en el chaleco, una cadena de reloj con dijes. Este hombre se llamaba Canuto, el señor Canuto, y vivía en una de las casas anejas al cementerio de la Patriarcal.


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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