La lucha por la vida III: 015

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


La vida de Manuel - La tertulia del Enano - El señor Canuto y su fraseología

Manuel había llegado a encarrilarse, a reglamentar su trabajo y su vida. El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones. Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la Ignacia, la hermana de Manuel se quedó viuda. La Ignaciano tenía medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse, y con sus lamentaciones convenció a su hermano de que viviera con ella.

La Salvadora se fue con la Fea, a la que consideraba como su hermana; pero, a los pocos días, salió de la casa porque Jesús no la dejaba a sol y a sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él. Entonces, la Salvadora fue a vivir con Manuel y con la Ignacia. Pactaron que ella daría una parte a la Ignacia, para la comida de su hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde trabajaba Manuel.

Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fue la depositaria del dinero, y la Ignacia, la que llevaba el peso de la casa y hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso.

Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la Salvadora y la Fea habían puesto, entre las dos, una tienda de confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba todas las mañanas a la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa. Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de bordado, y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y, al cabo de cuatro o cinco meses, iban, por la tarde, cerca de veinte chiquillas con sus bastidores a aprender a bordar.

Este trabajo, de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche en casa, y la falta de sueño, tenían a la muchacha flaca y con grandes ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que persistía en ella era su amor al trabajo. A los veinte años, la Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiera podido rodear una liga, y la cabeza pequeña.

Tenía la nariz corta, los ojos oscuros, grandes, el perfil recto y la barbilla algo saliente, lo que le daba un aspecto de dominio y de tesón.

Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le ocultaba la frente, y esto contribuía a darle un aire más imperioso.

Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y sonreía variaba por encanto.

Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez que despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero, a veces, sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un cuchillo.

Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la ironía y la gracia; otras, como un sufrimiento lánguido, contenido, producía a la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas, palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y un gatito rojo, que se llamaba Roch.

Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la calle Ancha y esperaba a la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos, hablando, bromeando, casi todas muy peripuestas y bien peinadas; la mayoría, finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos maliciosos, oscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón, y sin nada a la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer la Salvadora: en invierno, de mantón; en verano, con su traje claro, la mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba del grupo de sus amigas y se acercaba a Manuel, y los dos juntos marchaban calle arriba, hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin cambiar una palabra.

A Manuel le halagaba que supusieran que la Salvadora era su novia, y constituía para él un motivo de orgullo verla acercarse y ponerse a su lado y notar las miradas maliciosas de las amigas.

A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fue quien arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban, los dos en auge; el barbero se había transformado en peluquero, y su Barbería Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo estaba hecho un hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista, había aprendido tal número de cosas, que Rebolledo padre no se atrevía ya a discutir con él para no demostrar su ignorancia.

El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo discutiendo con su hijo sentía más la envidia que otra cosa; pero, en presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban de orgullo y de júbilo.

Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo, chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los pelos pegados y llenos de cosméticos; y entraba en el taller.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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