La lucha por la vida III: 016

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


-¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas! -murmuraba melancólicamente.

Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba a sus anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico, y encontraba defectos en todo. Como no había llegado a comprender, por falta de nociones de matemáticas, la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigían habilidad y paciencia.

-Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre; no sabéis hacer nada.

Perico le dejaba hacer.

El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz eléctrica marcara al revés, o no marcara, y hacía un gasto de fluido tremendo.

Muchas veces, la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al chico, bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela; Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la Ignacia o dejaba volar su imaginación.

En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada. Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave; salía la Ignacia a abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto, envuelto en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas y una pipa corta entre los dientes.

-¡Fresco, fresco! -decía, frotándose las manos-. Buenas noches a todos.

-¡Hola, señor Canuto! -contestaban los demás.

-Siéntese usted -le indicaba el jorobado.

Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.

Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían maliciosamente.

-¿Y de historias, qué hay, señor Canuto?

-Nada; murmuraciones, nada -replicaba él-. Cuchichí, chuchachá..., cuchichear.

Sonreían los circunstantes, y a veces la Salvadora no podía contener la carcajada.

El señor Canuto, el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo, que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal.

Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni periódicos, ni nada, y, a pesar de esto, sabía muchas cosas; había llegado a formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo había transformado para su uso particular.

Cuando murmuraba por lo bajo:

-¡Teorías, alegorías, chapucerías! -era que lo que le contaban le parecía una cosa desdichada y absurda.

En cambio, cuando aseguraba:

-Eso reúne..., pero que reúne mucho -era que estaba satisfecho.

Ahora, cuando llegaba a decir:

-Na, que ese gachó ha echado el sello y que va coayugando -era que para él no se podía hacer mejor una cosa.

Además de transformar la significación y el sentido de las palabras, para hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así, el depen, era el dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se contentaba con esto, sino que muchas veces daba a las palabras una terminación cualquiera, y decía: el depen... dista, la galli... menta, el coci... mento y el burg... ante, en vez de burgués.

El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro:

-Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España.

En general, estas tertulias se suspendían en el verano para tomar el fresco.

Algunas noches de julio y de agosto iban al bulevar de la calle de Carranza, y allí refrescaban con horchata o limón helado, y para las once u once y media estaban en casa.

Verano e invierno, la vida de las dos familias transcurría tranquilamente, sin disputas, sin grandes satisfacciones; pero también sin grandes dolores.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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