La lucha por la vida III: 017

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III
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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


Los dos hermanos - Juan, charla - Recuerdos de hambre y de bohemia

Manuel subió las escaleras con su hermano, abrió la casa y pasaron al comedor. Manuel estaba completamente azorado; la llegada de Juan le perturbaba por completo. ¿A qué vendría?

-Tienes una bonita casa -dijo Juan contemplando el cuartito limpio, con la mesa redonda en medio y el aparador lleno de botellas.

-Sí.

-¿Y la hermana?

-Ahora vendrá. No sé qué hace. ¡Ignacia! -llamó desde la puerta.

Entró la Ignacia, que recibió a su hermano más sorprendida que satisfecha. Tenía la mujer ya su vida formada y reglamentada, y su egoísmo se sentía inquieto ante un nuevo factor que podía perturbarla.

-Y este perro, ¿de dónde ha venido? -preguntó alborotada la mujer.

-Es mío -dijo Juan.

Al entrar la Salvadora, Juan no pudo evitar un movimiento de sorpresa.

-Es una amiga que vive con nosotros como una hermana -murmuró Manuel.

Al decir esto, Manuel se turbó un poco, y la turbación se comunicó ala Salvadora; Juan saludó, y se inició entre los cuatro una conversación lánguida. De pronto entró gritando el hermano de la Salvadora en el comedor; Juan le acarició, pero no preguntó quién era; el chico se puso a jugar con el perro. La discreción de Juan, al no decir nada, les azoró aún más; las mejillas de la Salvadora enrojecieron como si fueran a echar sangre, y, balbuceando un pretexto, salió del cuarto.

-¿Y qué has hecho?, ¿qué ha sido de tu vida? -preguntó maquinalmente Manuel.

Juan contó cómo había salido del seminario; pero el otro no le oía, preocupado por la turbación de la Salvadora.

Luego Juan habló de su vida en París, una vida de obrero, haciendo chucherías, bibelots y sortijas, mientras estudiaba en el Louvre y en el Luxemburgo, y trabajaba en su casa con entusiasmo.

Mezcló en sus recuerdos sus impresiones artísticas, y habló de Rodin y de Meunier, con un fuego que contrastaba con la frialdad con que era escuchado por la Ignacia y Manuel; después expuso sus ideas artísticas; quería producir este arte nuevo, exuberante, lleno de vida, que ha modernizado la escultura en las manos de dos artistas, uno francés y el otro belga; quería emancipar el arte de la fórmula clásica, severa y majestuosa de la antigüedad; quería calentarlo con la pasión, soñaba con hacer un arte social para las masas, un arte fecundo para todos, no una cosa mezquina para pocos.

En su entusiasmo, Juan no comprendía que hablaba a sus hermanos en un lenguaje desconocido para ellos.

-¿Tienes ya casa? -le preguntó Manuel en un momento en que Juan dejó de hablar.

-Sí.

-¿No quieres cenar con nosotros?

-No, hoy no; mañana. ¿Qué hora es?

-Las seis.

-¡Ah!, entonces me tengo que marchar.

-Y, oye, ¿cómo has llegado a encontrarme?

-Por una casualidad; hablando con un escultor, compañero mío, que

se llama Alex.

-Sí, lo conozco. ¿Y cómo sabía dónde vivía yo?

-No, ése no lo sabía; ése me dirigió a un inglés que se llama Roberto, y éste sabía dónde estabas de cajista. Por cierto, me encargó que fueras a verle.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos

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