La lucha por la vida III: 020

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


»Al terminar él su retrato, se lo entregó al señor, quien le dio un duro; después se acercó donde yo estaba y miró el dibujo mío. “Está bien eso”, dijo. “¿Has aprendido a dibujar?” No. “Pues lo haces bien. ¡Ya lo creo!” Hablamos; me dijo que andaba a pie por los pueblos haciendo retratos, y que se marchaba a Barcelona. Yo le conté mi vida, nos hicimos amigos, y, al final de la conversación, me dice: “¿Por qué no vienes conmigo?” Nada; dejé los cómicos y me fui con él.

»Era un tipo extraño este muchacho. Se había hecho vagabundo por inclinación, y le gustaba vivir siempre andando. Llevaba en la espalda un morralito y dentro una sartén. Compraba sus provisiones en los pueblos, y él mismo hacía fuego y guisaba.

»Pasamos de todo, bueno y malo, durmiendo al raso y en los pajares; en algunos pueblos, porque llevábamos el pelo largo, nos quisieron pegar; en otros, marchábamos muy bien. A mitad del camino, o cosa así, en un pueblo donde llegamos muertos de hambre, nos encontramos con un señor de grandes melenas y traje bastante derrotado, con un violín debajo del brazo. Era italiano. “¿Son ustedes artistas?”, nos dijo. “Sí”, contestó mi compañero. “¿Pintores?”. “Sí, señor, pintores”. “¡Oh, magnífico! Me han salvado ustedes la vida. Tengo comprometida la restauración de dos cuadros en la iglesia, en cincuenta duros cada uno, y yo no sé pintar; les estoy entreteniendo al cura y al alcalde diciendo que necesito pinturas especiales, traídas de París. Si quieren ustedes emprender la obra, nos repartiremos las ganancias”.

Aceptamos el negocio, y mi compañero y yo nos instalamos en una posada. Comenzamos la obra, y, mal que bien, hicimos la restauración de uno de los cuadros, y gustó al pueblo. Cobramos nuestros cincuenta duros; pero, al repartir el dinero, hubo una disputa entre mi amigo y el italiano, porque éste quería la mitad, y mi amigo no le dio ni la tercera parte. El italiano pareció conformarse; pero, al día siguiente, por lo que nos enteramos después, fue a ver al alcalde y le dijo: “Necesito ir a Barcelona para comprar pinturas, y quisiera que me adelantaran dinero”. El alcalde le creyó, y le dio los cincuenta duros de la otra restauración por anticipado.

No le vimos al italiano en todo el día. Por la noche vamos a la tertulia, que la hacíamos en la botica del pueblo, y allí nos dice el alcalde: “De modo que el italiano ha tenido que ir a Barcelona, ¿eh?” Yo iba a decir que no; pero mi amigo me dio con el pie y me callé. Al salir de la botica, el compañero me dijo: “El italiano se ha llevado los cuartos; no hemos podido pagar la posada. Si nos quedamos aquí, nos rompen algo; vámonos ahora mismo”.

»Echamos a andar y no paramos en dos días. Una semana después llegamos a Barcelona, y como no encontramos trabajo, nos pasamos todo un verano comiendo dos panecillos al día y durmiendo en los bancos. Por fin, salió un encargo: un retrato que hice yo, por el que me pagaron cincuenta pesetas. Poco dinero se habrá aprovechado tan bien. Con esos diez duros, alquilamos una guardilla por treinta reales al mes, compramos dos colchones usados, un par de botas para cada uno y todavía nos sobró dinero para un puchero, carbón y un saco de patatas, que llevamos al hombro entre los dos, desde el mercado hasta la guardilla.

»Un año pasamos así, dejando muchos días de comer y estudiando; pero mi compañero no podía soportar el estar siempre en el mismo sitio, y se marchó. Me quedé solo; al cabo de algún tiempo me empezaron a comprar dibujos y empecé a modelar. Cogía mi barro, y allí, dale que dale, me estaba hasta que salía algo. Presenté unas estatuitas en la Exposición, y las vendí, y, cosa curiosa: el primer encargo de alguna importancia que tuve fue para un seminario: varios bustos de unos profesores. Cobré y me fui a París. Allí, al principio, estuve mal; vivía en una guardilla alta, y cuando llovía mucho, el agua se metía en el cuarto; luego encontré trabajo en una joyería y estuve haciendo modelos de sortijas, y, al mismo tiempo, aprendiendo. Llegó la época del Salón, presenté mi grupo Los rebeldes, se ocuparon de mí los periódicos de París, y, ahora, ya tengo encargos suficientes para poder vivir con holgura. Ésa ha sido mi vida.

-Pues es usted un hombre -dijo el señor Canuto levantándose-, y, verdaderamente, me honra dándole a usted la mano. Eso es.

-Templado es el chico -dijo Rebolledo.

Eran ya cerca de las once, y hora de retirarse.

-¿Vienes a dar una vuelta? -dijo Juan a su hermano.

-No. Manuel no sale de noche -repuso la Ignacia.

-Como se tiene que levantar temprano... -añadió la Salvadora.

-¿Ves? -exclamó Manuel-. Esta es la tiranía de las mujeres. ¿Y todo por qué? Por el jornal nada más; no creas que es de miedo a que me dé un aire. Por el jornalito.

-¿A qué hora vendré a empezar el busto? -preguntó Juan.

-¿A las cinco?

-Bueno; a las cinco estaré aquí. Salieron de casa los dos Rebolledos, el señor Canuto y Juan, y en la puerta se despidieron.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


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