La lucha por la vida III: 021

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


El busto de la Salvadora - Las impresiones de Kis - Malas noticias - La Violeta - No todo es triste en la vida


El busto de la Salvadora, hecho por Juan, fue durante un mes, el acontecimiento de la casa. Todos los días variaba el retrato; unas veces, era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa como lánguida, con la mirada abatida, como con los ojos fijos y relampagueantes.

Había entre los críticos de la casa disparidad de pareceres.

-Ahora está bien -decía el señor Canuto.

-No; ayer estaba mejor -replicaba Rebolledo.

Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan también se había ganado la amistad de Salvadora, y se arrimaba a ella y se acurrucaba a sus pies.

-Este perro está entusiasmado con usted -le dijo Juan.

-Sí. Es muy bonito.

-Quédese usted con él.

-No, no.

-¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor.

-Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama?

-Kis.

-¿Kis?

En inglés quiere decir beso.

-¿Es inglés el perro?

-Debe serlo; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, a quien conocí en el Louvre.

-Si es recuerdo, no quiero que lo deje usted.

-No; está mejor con usted.

Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su nueva morada, se desconocen.

Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch el gatillo rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más largas que las de delante.

Kis le invitó varias veces con ladridos alegres a jugar con él, y Roch, que era, sin duda, un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso a bufar, y luego, corriendo, saltó a la falda de la Salvadora, donde parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo rum rum.

Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante e incomprensible. Cuando la Salvadora cosía a máquina, se ponía a su lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido, cerraba los ojos y se dormía.

En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en la casa; conoció a Rebolledo y a su hijo, que le parecieron personas respetables; en el corral observó a las gallinas y al gallo, y no le inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas, con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.

Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el sol y echaban a correr cuando le veían, y con un burro, un tanto melancólico y no muy fino en sus maneras, a quien llamaban Galán. Pero, de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa, ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos redondos, parpadeando.

Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos, que andaban por la calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía preocupaciones, a pesar de ser de aristocrática familia, fraternizó al momento con ellos.

Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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