La lucha por la vida III: 022

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


-Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?

-preguntó Juan mientras modelaba el barro con los dedos.

-Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.

-Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.

-Pues, no -replicó la Salvadora, ruborizada.

-Pero acabarán ustedes casándose.

-No sé.

-Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y muy pacífico. De chico era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores con una mariposa, tan grande, que parecía un pájaro, clavada con un alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. « ¿Por qué?» «Porque le estás haciendo daño». Me chocó la contestación; pero me chocó más todavía cuando Manuel fue a la ventana, la abrió, y cogió la mariposa, le secó el alfiler y la tiró a la calle. El chico se puso tan furioso que desafió a Manuel, y a la salida se dieron los dos una paliza que tuvieron que separarlos a patadas, porque ya hasta se mordían.

-Sí, Manuel tiene esas cosas.

-En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que tenía entonces uno o dos años. Era un chico enfermo, con las piernas débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada triste. A Manuel se le ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo, de madera, puesto del revés con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado a otro.

-¿Y qué fue de aquel chico?

-Murió el pobrecillo.

Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al oscurecer clavó los palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada.

Llegó Manuel de la imprenta.

-Hemos estado hablando de cosas antiguas -le dijo Juan-

-¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy?

Juan descubrió el busto, Manuel encendió la luz y quedó contemplando la estatua.

-Chico -murmuró-, ya no la debes tocar. Es la Salvadora.

-¿Crees tú? -preguntó Juan preocupado.

-Sí.

-En fin, mañana lo veremos.

Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía reír mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que, sin tener una absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la Salvadora.

-Es verdad -dijo Juan al día siguiente-; está hecho. ¡Tiene algo esta cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de hablar -añadió; y, contentísimo, fue a que sacaran de puntos a la estatua. Tenía tiempo de llevarla a la Exposición.

Un sábado, por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro a su familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir, y Manuel no manifestó tampoco muchas ganas.

-A mí no me gusta el teatro -dijo-. Lo paso mejor en casa.

-Pero hombre, de vez en cuando...

-Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le tengo miedo.

-¡Miedo!, ¿por qué?

-Es que soy un hombre que no tiene energía para nada, ¿sabes?, y hago lo que hacen los demás.

-Pues hay que tener energía.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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