La lucha por la vida III: 024

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


La gente comenzaba a salir de la función, y los que iban a entrar se estrujaban esperando que dieran la señal. Ya la masa del público iba avanzando, cuando la Flora preguntó:

-¿Te acuerdas de la Violeta?

-¿De qué Violeta?

-Una gorda, alta, amiga de Vidal, que vivía en la calle de la Visitación.

-¿Una que hablaba francés?

-Ésa.

-¿Qué la ha pasado?

-Que le dio un paralís y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame a la salida.

-Bueno.

Manuel, preocupado, no pudo prestar atención a lo que se representaba. Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión artística. Manuel, harto de oír hablar de Rodin, de Meunier, de Puvis de Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga.

Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía pañuelo en la cabeza, falda haraposa y un palo en la mano.

Manuel se acercó a mirarla. Era la Violeta.

-Una caridad. Estoy enferma, señorito -tartamudeó ella con una voz como un balido.

Manuel le dio diez céntimos.

-¿Pero no tiene usted casa? -le preguntó.

-No; duermo en la calle -contestó ella en tono quejumbroso-. Y esos brutos de guardias me llevan a la Delegación y no me dan de comer. Y lo que temo es el invierno, porque me voy a morir en la calle.

-Pero ¿por qué no va usted a algún asilo?

-Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos roban la comida. Ahora voy a San Ginés, y gracias que en Madrid hay mucha caridad, sí, señor.

Mientras hablaban se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer abultada y bigotuda.

-¿Y cómo se ha quedado usted así? -siguió preguntando Manuel.

-De un enfriamiento.

-No le hagas caso -dijo la bigotuda con voz ronca-; ha tenido un «cristalino».

-Y se me han caído todos los dientes -añadió la mendiga mostrando las encías-, y estoy medio ciega.

-Ha sido un «cristalino» terrible -agregó la bigotuda.

-Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada? No tengo más que treinta y cinco años.

-Es que era muy viciosa además -dijo la mujer bigotuda a Manuel-. ¿Qué, vienes un rato?

-No.

-Yo... yo también he sido de la vida -dijo entonces la Violeta-; y ganaba... ganaba mucho.

Manuel, aterrado, le dio el dinero que llevaba en el bolsillo: dos o tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y, apoyándose en el palo, comenzó a andar arrastrando los pies y sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna. Manuel, cabizbajo y pensativo, se fue a su casa.

En el comedorcito, a la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de pureza.

-¿Qué habéis visto? -preguntó la Salvadora.

Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había visto en la calle...


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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