La lucha por la vida III: 028

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


Manuel la miró y sintió una impresión repelente. La Justa había tomado un aspecto de bestialidad repulsiva; su cara se había transformado haciéndose más torpe; el pecho y las caderas estaban abultados; el labio superior lo sombreaba un ligero vello azulado; todo su cuerpo parecía envuelto en grasa, y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada en aquella gordura fofa. Tenía todas las trazas de una mujerona de burdel que ejerce su oficio con una perfecta inconsciencia.

-¿Dónde vives? -la preguntó Manuel.

-En la calle de la Reina, en casa de la Andaluza. No es cara la casa. ¿Irás?

-No -dijo Manuel secamente, y, volviéndole la espalda, se acercó adonde estaban los suyos.

-Muy flamenca, guapetona -dijo el jorobado.

Manuel se encogió de hombros con indiferencia.

-¿Qué le has dicho? -preguntó Perico-. Se ha quedado paralizada.

El organillo no dejaba de tocar un momento; la justa, su compañera y los dos señoritos, comenzaron a ponerse impertinentes. Reían, gritaban, tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre a la Salvadora de una manera fulminante.

-¿Por qué me mira así esa mujer? -y la Salvadora hizo esta pregunta a Manuel, sonriendo.

-¿Qué sé yo? -contestó él con tristeza-. ¿Vámonos?

-Estamos bien aquí, hombre -dijo Juan.

-¿Os habéis incomodado porque he hablado con ésa? -preguntó Manuel a la Salvadora.

-¿Nosotras? ¿Por qué? -y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y le relampaguearon los ojos.

Uno de los señoritos salió a bailar con la Justa, y, al pasar por delante de donde estaba Manuel y los otros, hizo en voz alta algún comentario insultante acerca de las melenas de Juan.

-Vámonos -repitió Manuel.

A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron.

-Ahí va uno que se lleva la merienda guardada -dijo uno de los que bailaban al ver pasar al jorobado.

Perico se detuvo, dispuesto a pegarse con el que insultara a su padre; pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida.

-Esto es lo que no pasa en ningún lado -dijo Juan-. Sólo aquí hay este afán de insultar y de molestar a la gente.

-Falta de educación -mumuró el jorobado con indiferencia.

-Y luego no pasa nada -añadió Perico-;porque a uno de estos chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él, alborota mucho y nada.

-Pero es muy desagradable -repuso Juan- eso de no poder ir a ningún lado sin que alguien trate de ofenderle a uno. En el fondo de esto -dijo después burlonamente- hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes veía jugar a la raqueta a dos señores, uno gordo, bajito, con una gorrita en la cabeza, y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero de paja.

Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos, verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su juego». «Sí -contestó el inglés-; ése es el espíritu provinciano, propio de un pueblo pequeño; pero a un inglés de Londres no le asombra nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea».


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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