La lucha por la vida III: 029

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


-Lo partió por el eje -dijo el señor Canuto guiñando un ojo maliciosamente.

-Yo no les hubiera hecho caso -dijo la Salvadora, que no oyó el cuento de Juan.

-Ni yo -añadió la Ignacia-. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¿Qué descaro!; ¡es una perdición!

-Bueno, bueno: por eso mismo me he querido yo marchar, por evitar una riña -saltó Manuel-; porque a vosotras os gusta armarla, y luego, si viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las lamentaciones.

-Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la culpa -repuso la Salvadora.

Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la Moncloa. Después, por la calle de Rosales, se metieron en el paseo de Areneros.

Al llegar aquí había oscurecido; pasaban los tranvías, atestados, haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas o verdes de sus farolillos redondos.

Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se veían paredones blancos, ventanas abiertas, iluminadas, de casas de cuatro pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso, rojizo, y los desmontes, dorados por los últimos rayos del sol, que se dibujaban en líneas rectas en el cielo.

-Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad? -dijo Juan.

Nadie le contestó. Iba oscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados de ceniza sobre el paisaje; el cielo tornaba un color siniestro, gris, sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de los faroles se estremecía en el aire polvoriento.

En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo un momento a mirar el campo. Enfrente se veía la torre de ladrillo del Hospital de Clérigos; más lejos, una cúpula plomiza y los cipreses del cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea de la fábrica de electricidad salía el humo a borbotones densos, v en el aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente a la tierra como un escuadrón de caballos salvajes.

Y el paisaje árido, unido a la pobreza de las construcciones, a los gritos de la gente, a la pesadez del aire, al calor, daba una impresión de fatiga, de incomodidad, de vida sórdida y triste...


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos

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