La lucha por la vida III: 030

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


Las vagas ambiciones de Manuel - Las mujeres mandan - Roberto - Se instala la imprenta


En los días anteriores a la apertura de la Exposición, Juan no apareció por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas maquinaciones.

Su grupo, Los Rebeldes, mal colocado en el salón adrede, apenas se veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho que él le votaría para una segunda medalla; pero como todas estaban comprometidas, no le podrían dar mas que una tercera. Juan le contestó que hiciesen en conciencia lo que les pareciese; pero el del jurado le advirtió que le dijera si iba o no a aceptar la tercera medalla, porque, en el caso de no aceptarla, se la darían a otro.

Juan sintió deseos de rechazarla; pero esto pensó que indicaría que estaba mortificado, y la aceptó.

-¿Cuánto te dan por eso? -le preguntó Manuel.

-Mil pesetas.

-Entonces, haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo. Ahora te dan ese dinero. Tómalo.

-¡Psch!

-Si no lo quieres, dámelo a mí; esas pesetas me podrían hacer el gran avío.

-¿A ti? ¿Para qué?

-Hombre, tengo ya desde hace tiempo la idea de tomar una imprenta en traspaso.

-¿Pero vives mal así?

-No.

-Tantas ganas tienes de ser propietario?

-Todo el mundo quiere ser propietario.

-Yo, no.

-Pues yo, sí; me gustaría tener un solar, aunque no sirviera para nada, sólo para ir allá y decir: esto es mío.

-No digas eso -replicó Juan-; para mí ese instinto de propiedad es lo más repugnante del mundo. Todo debía ser de todos.

-Que empiecen los demás dando lo que tienen -dijo la Ignacio terciando en la conversación.

-Nosotros no tenemos que arreglar nuestra conducta con la de los demás, sino con nuestra propia conciencia.

-¿Pero es que la conciencia le impide a uno ser propietario? -preguntó Manuel.

-Sí.

-Será la tuya, chico; la mía no me lo impide. Yo, entre explotado o explotador, prefiero ser explotador; porque eso de que se pase uno la vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre...

-No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene, y sujetarla es una vileza.

-Pero, bueno, ¿qué me quieres decir con esto, que no me darás el dinero?

-No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla; lo que te digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives bien...

-Pero puedo vivir mejor.

-Bueno; haz lo que quieras.

La Salvadora y la Ignacia no compartían las ideas de Juan; al revés, sentían de una manera enérgica el instinto de propiedad.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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