La lucha por la vida III: 032

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


-Sí; pero, la verdad, vale más que no se lo diga a usted, porque es una tontería.

-No, hombre; dilo.

-Son cosas de mujeres. Ya sabe usted que soy cajista, y mi hermana y otra muchacha que vive conmigo están empeñadas en que me debo establecer... Y ahora se puede comprar una máquina nueva y tipos también nuevos...; y no tengo dinero bastante para eso...; y ellas me han empujado para que le pida a usted el dinero.

-¿Y cuánto se necesita para eso?

-Piden quince mil pesetas; pero pagándole al contado al dueño, rebajaría mil o quizás dos mil.

-¿De manera que necesitas unas trece o catorce mil pesetas? -Eso es; yo ya me figuro que usted no podrá dar ese dinero... Ahora, perder no se puede perder gran cosa. Porque usted podría ser el socio capitalista, y se ensayaba...; que a los dos años, por ejemplo, no daba resultado, pues se vendía la máquina y las cajas con mil o dos mil pesetas de pérdida, y la pérdida la pagaba yo.

-Pero, además, hay que abonar los gastos de instalación en la nueva imprenta, de traslado, ¿verdad?

-No; de eso me encargaría yo.

-¿Tienes dinero, eh?

-Unas cuatro mil pesetas.

-De manera que me propones ser tu socio capitalista, ¿no es eso?

-Sí.

-¿Qué ganaré yo? ¿La mitad de los ingresos?

-Eso es.

-¿Después de descontados vuestros jornales?

-Le va a quedar a usted muy poco.

-No importa; acepto.

-¿Acepta usted? -dijo Manuel en el colmo del asombro.

-Sí, seré tu socio. Dentro de unos años pondremos una gran casa editorial, para ir descristianizando España. Vamos a ver al dueño de la máquina.

Tomaron un coche y se hizo la compra. Se especificó el número de letras y de casilleros; Roberto cogió el recibo, pagó y le dijo a Manuel:

-Ya me dirás dónde nos trasladamos. ¡Adiós! Tengo mucho que hacer.

Manuel se despidió de la imprenta donde trabajaba y se fue a su casa.

Ya era un burgués, todo un señor burgués.

Tuvo grandes dificultades la instalación de la imprenta. El dueño de la máquina dijo que él ya no necesitaba el local, y Manuel tuvo que pagarlo mientras buscaba otro. Después de andar mucho, llegó a encontrar una tienda a propósito para imprenta en la calle de Sandoval. Tenía prisa de instalarse cuanto antes y se arregló con los albañiles para que hicieran las obras necesarias en un mes. Pero los albañiles tardaron más de lo convenido y tuvo que pagar los alquileres de las dos casas. Por más que Manuel vigilaba y atendía a los menores detalles, no podía evitar el robo; las obras le costaron un dineral; entre la portada, la muestra y los arreglos del interior, se fueron las tres mil pesetas. Lo único barato fue la instalación eléctrica, que la hizo Perico Rebolledo.

Luego había que hacer una porción de diligencias, había que pedir permiso en el Ayuntamiento para las cosas más fútiles, y Manuel andaba hecho un zarandillo de un lado a otro.

Tras de muchas dilaciones y contratiempos, pudo trasladar la máquina y las cajas, y notó que le habían robado casi la mitad de la letra.

El motor eléctrico hubo que componerlo. Por fin, se arregló todo; pero no había trabajo. La Ignacia se lamentaba de que su hermano hubiese perdido su buen jornal; la Salvadora, siempre animosa, confiaba que vendría trabajo, y Manuel se pasaba las horas en la imprenta, flaco, triste, irritado.

Hizo anuncios, que repartió por todas partes, pero los encargos no venían.


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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