La lucha por la vida III: 034

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


Los sábados invariablemente, por las mañanas, debajo del balcón en donde trabajaba la Salvadora, solía ponerse un ciego a cantar, acompañándose de una guitarra de son cascado, canciones antiguas.

Era un ciego bien vestido, con gabán y sombrero hongo, que llevaba un perrillo blanco como guía. Solía cantar con muy poca voz, pero afinando siempre, aquella habanera de Una vieja: «¡Ay, mamá, qué noche aquella...!», y algunas otras romanzas sentimentales.

Manuel llamaba al ciego el Romántico, y por este nombre le conocían en la casa; la Salvadora solía echarle todos los sábados diez céntimos desde el balcón.

Por las tardes, Manuel, desde el comedor, oía a las discípulas de la Salvadora cuando entraban. Notaba sus conversaciones en el portal, el crujido de los peldaños viejos de la escalera; luego sentía el beso que daban a la maestra, el ruido de la máquina, el chasquido de los bolillos y un murmullo de risas y de voces.

Cuando las niñas se marchaban, entraba Manuel en la escuela y charlaba con la Salvadora. Abrían el balcón, las golondrinas trazaban rápidos círculos alegres y locos en el cielo rarificado; el aire de la tarde se opalizaba, y Manuel sentía lánguidamente el paso de las horas y contemplaba los crepúsculos tristes de cielo anaranjado, cuando en la callejuela solitaria se encendían los faroles y pasaban, haciendo sonar las esquilas, algunos rebaños de cabras.

Un día Manuel tuvo un sueño que luego le preocupó mucho; soñó con una mujer que estaba a su lado, pero esta mujer no era la justa; era delgada, esbelta, sonriente. En su sueño se desesperaba por no comprender quién era aquella mujer. Se acercaba a ella, y ella huía, pero de pronto la alcanzaba y la tenía en sus brazos palpitante. Entonces la miraba muy de cerca y la reconocía. Era la Salvadora. Desde aquel instante comenzó una nueva preocupación por ella...

Una tarde, en la convalecencia, cuando aún Manuel se encontraba débil, hizo un calor bochornoso. El cielo estaba blanquecino,

anubarrado; polvaredas turbias se levantaban de la tierra. A veces se ocultaba el sol, y el calor entonces era más sofocante. En el interior de la casa los muebles crujían con estallidos secos. Desde la ventana veía Manuel el cielo, que tomaba tintes amarillos y morados; después comenzó a oírse el rodar lejano de los truenos. Llegaba un olor fuerte a tierra mojada. Manuel, con los nervios en tensión, sentía una gran angustia. Brilló un relámpago en el cielo y comenzó a llover. La Salvadora cerró la ventana y quedaron en la semioscuridad.

-¡Salvadora! -llamó Manuel.

-¿Qué?

Manuel no dijo nada; le agarró la mano y la estrechó entre las suyas.

-Déjame que te bese -le dijo Manuel en voz baja.

La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los labios de Manuel, que quemaban, y él sintió en sus labios una frescura deliciosa. En aquel momento entró la Ignacia.

A medida que Manuel iba restableciéndose, la Salvadora volvía a ser como habitualmente, igual en su carácter, tan amable para unos como para otros. Manuel hubiera querido una preferencia.

-La hablaré, pensó.

En casa no era fácil, porque la Ignacia se creyó en el caso de vigilarles a los dos.

-Ya no falta más que esto -decía indignado Manuel-; pero, en fin, cuando salga nos entenderemos.

De cuando en cuando, Manuel preguntaba a Jesús:

-¿Qué tal la imprenta?

-Bien -contestaba él invariablemente.

Jesús comía en la casa y dormía en un cuarto próximo al desván, en donde la Ignacia le había puesto una cama.

El primer día que Manuel se sintió con fuerzas, se marchó a la imprenta. Entró. No había nadie.

-¿Qué demonios pasa aquí? -se dijo.

Se oían voces en el patio. Manuel se asomó a una ventana a ver lo que ocurría. Estaban los tres cajistas, Jesús y el aprendiz, todos vestidos de mamarracho, cantando y paseándose por el patio.

Abría la marcha el aprendiz, con un embudo en la cabeza y golpeando en una sartén. Tras de él iba uno de los cajistas, que llevaba una falda de mujer, unos trapos arrebujados en el pecho y en los brazos un palo envuelto en una tela blanca, como su fuera un niño. Después marchaba Jesús, vestido con una dalmática de papel y en la cabeza un birrete con un barboquejo; luego, uno de los cajistas, que llevaba una escoba como un fusil, y, al último, el otro cajista, con una espada de madera en el cinto.


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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