La lucha por la vida III: 036

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

I
Pág. 036 de 127
La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres


Hay entre Vallehermoso y el paseo de Areneros una ancha y extensa hondonada que lentamente se va rellenando con escombros. Estos terrenos nuevos, fabricados por el detritus de la población, son siempre estériles. Algunos hierbajos van naciendo en los que ya llevan aireándose algunos años. En los modernos, manchados de cal, llenos de cascote, ni el más humilde cardo se decide a poblarlos.

Por encima de estas escombreras pasan continuamente volquetes con tres y cuatro mulas, rebaños de cabras escuálidas, burros blanquecinos, chiquillos harapientos, parejas de golfos que se retiran a filosofar lejos del bullicio del pueblo, mendigos que toman el sol y perros vagabundos. En la hondonada se ven solares de corte de piedras, limitados por cercas de pedruscos, y en medio de los solares, toldillos blancos, bajo los cuales los canteros, protegidos del sol y de la lluvia, pulen y pican grandes capiteles y cornisas marcados con números y letras rojas. En el invierno, en lo más profundo de la excavación, se forma un lago, y los chiquillos juegan y se chapotean desnudos.

En esta hondonada, en el borde del paseo de Areneros, al lado de unas altas pilas de maderas negras, había un solar, y en él, una taberna, un juego de bolos y una churrería.

El juego de bolos estaba en medio, la taberna a su derecha y la churrería a la izquierda. La taberna se llamaba oficialmente «La Aurora»; pero era más conocida por la taberna del Chaparro. Daba al paseo de Areneros y a un pasadizo entre dos empalizadas; tenía un escalón a la entrada, y una muestra llena de desconchaduras y de lepras. Por dentro era un cuarto muy pequeño con una ventana al solar. En medio de la taberna, por las mañanas, solían verse cuatro o cinco barreños con ceniza, y encima, unos pucheretes de barro, en donde hervía el cocido de unos cuantos mozos de cuerda que iban a comer allí.

El local tenía sus refinamientos de lujo y de comodidad; en las paredes había un zócalo de azulejos; en el invierno se ponía una estufa, y continuamente había, cerca de la ventana, un reloj parado de caja grande pintarrajeada.

La churrería estaba al otro lado del solar. Era una barraca hecha de tablas pintadas de rojo; tenía el tejado de cinc, y por en medio de él, salía una alta y gruesa chimenea, sujeta por cuatro alambres y adornada con una caperuza.

Como trazo de unión entre la churrería y la taberna, estaba el juego de bolos. Tenía éste su entrada por una valla pintada de rojo con un arco en la puerta. Se dividía en dos plazas separadas por un gran tabique o biombo, hecho con trapos sujetos con un alto bastidor. En el fondo, en un sotechado con gradas, se colocaban los espectadores.

Dando la vuelta al juego de bolos había una casita blanca casi cubierta con enredaderas; detrás de ésta, un antiguo invernadero arruinado, y junto a él, una noria, cuya agua regaba varios cuadros de hortalizas. Al lado del invernadero, medio oculto entre altos girasoles, se veía un coche viejo, una antigua berlina destrozada, sucia, con las portezuelas abiertas y sin cristales, que servía de refugio a las gallinas. La churrería, la taberna y el juego de bolos eran de los mismos dueños: dos socios que habitaban en la casita de las enredaderas.

Los dos socios eran tipos diametralmente opuestos. Al uno, rubio, bastante grueso, con patillas, le decían el Inglés; el otro, delgado, picado de viruelas, con los ojos pequeños y enrojecidos, se llamaba Chaparro.

Los dos habían sido mozos de café. Eran hombres que, con los genios más opuestos y contradictorios, se entendían admirablemente.

Chaparro solía estar siempre en la taberna; el Inglés, siempre en el juego de bolos; Chaparro llevaba gorra; el Inglés, sombrero de jipijapa; Chaparro no fumaba; el Inglés fumaba en pipa larga; Chaparro vestía de negro; el Inglés, trajes claros y anchos; Chaparro estaba siempre incomodado; el Inglés, alegre; Chaparro creía que todo era malo; el Inglés, que todo era bueno, y así, con esta disparidad absoluta, se entendían los dos compadres.

Chaparro trabajaba mucho, no paraba nunca; el Inglés, más pacífico, miraba jugar a los bolos, leía el periódico, con sus anteojos puestos sobre la nariz, regaba sus plantas, que las tenía en cajas en grandes jarrones de piedra, que debían de haber ido a parar allí de algún derribo, y meditaba. Muchas veces no hacía ni esto siquiera; salía a la hondonada, se tendía al sol y contemplaba vagamente la sierra y la línea austera, apenas ondulada, de los campos madrileños bajo el cielo azul radiante. Una tarde paseaba Juan con un pintor decorador, a quien había conocido en la Exposición, por el paseo de Areneros, cuando vieron el juego de bolos del Inglés, y entraron.


<<<

La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos

>>>