La lucha por la vida III: 037

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La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


-Aquí podríamos tomar algo -dijo Juan.

-No habrá quien sirva -contestó el otro. Llamaron a un chico que recogía las bolas. -Ahí al lado, en la taberna, se pueden ustedes sentar.

Se sentaron debajo de un emparrado y siguieron hablando. El que hablaba con Juan era un hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía.

Había dedicado un artículo elogioso al grupo de Los Rebeldes, y luego había buscado a Juan para conocerle.

Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre delgado y alto, de nariz corva, barba larga y modo de expresarse irónico y burlón. A pesar de que a primera vista parecía indiferente y bromista, era un fanático. Trataba de convencer a Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos largos y delgados su barba de prócer, suave y flexible. Para él, lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el problema para él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. Él no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas de bien y de mal tenían que transformarse por completo, y con ellas, las del deber y la virtud.

Hacía sus afirmaciones con cierta reserva y, de cuando en cuando, observaba a Juan con una mirada escrutadora.

El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin alardes, iba exponiendo sus doctrinas.

Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer a los artistas de cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid llegó a intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado de ver una gente mezquina e indelicada, una colección de intrigantuelos, llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con todas las malas pasiones de los demás burgueses.

Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe de los artistas la puso de lleno en los obreros. El obrero era para él un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía de indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y tampoco notaba que si a los obreros les faltaba la envidia, les faltaba también, en general, el sentimiento del valor, de la dignidad y de la gratitud.

-Aquí se está bien -dijo el Libertario-, ¿verdad?

-Sí.

-Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca.

-Sí, hombre.

-Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han visto Los Rebeldes, y son entusiastas de usted.

-¿Son anarquistas también? -Sí.

Salieron al paseo de Areneros por la taberna.

-Voy a ver el número de esta casa para decírselo a los amigos -dijo el Libertario.

Pues, no tiene número -replicó Juan-; pero tiene nombre: «La Aurora».

-Buen nombre para una reunión de los nuestros.

Se despidieron. Juan marchó a casa de Manuel. En el cerebro del escultor comenzaba a germinar la idea de que había una misión social que cumplir, y que esta misión era él el encargado de llevarla a cabo.

Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos, Manuel trabajaba en la imprenta. Iban poco a poco viniendo los encargos.

Una vez Manuel había dicho a la Salvadora: -Quisiera hablar contigo despacio.

-¿Por qué no esperar a ver si salimos adelante? -le había contestado ella, suponiendo de qué se trataba.

Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron a trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba a andar.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos

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