La lucha por la vida III: 038

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 038 de 127
La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si uno lleva el carretón, o si es el carretón el que le lleva a uno. Así en la vida, muchas veces, no se sabe si es uno el que empuja los acontecimientos o si son los acontecimientos los que le arrastran a uno.

A Manuel, su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle a ninguna parte; en cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto, la calle larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco a poco.

El recuerdo de la justa había quedado ya borrado para siempre de su memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará aquella pobre mujer?

Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con intermitencias.

Un domingo del mes de noviembre, después de comer, Jesús preguntó a Manuel:

-¿No vas a ir hoy a «La Aurora»? Vamos a tener junta.

-¿En dónde? ¿En la taberna del Chaparro?

-Sí.

-Yo no voy. ¿A qué?

-¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las noches.

-Le están haciendo la pascua a Juan, metiéndole en esas cosas de anarquismo, que no son más que memadas.

-¿Ya has renegado también de la idea?

-Hombre, a mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en seguida y le dé a cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo y tres o cuatro horas de trabajo; pero, para no hacer más que hablar y hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse diciendo: ¡Salud!, para eso prefiero ser sólo impresor.

-Tú, con anarquía o sin anarquía, serás siempre un burgués infecto.

-Pero ¿es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir?

-¡Claro que sí! ; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque, ¿vienes o no a «La Aurora»?

-Bueno; iré a ver lo que es eso. El día menos pensado os van a meter a todos en la cárcel.

-¡Quiá!, hay la mar de puertas en el solar ese.

Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una delación, en la taberna, y se encontraron con que no había nadie.

Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y, por la puerta de al lado del mostrador, pasaron a un cuarto con zócalo de madera y una mesa redonda en medio. Había ya diez o doce personas, y entre los conocidos de Manuel estaban el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico, que no cabían en él. Iba viniendo más gente. El Libertario llamó a Chaparro.

-¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos? -le preguntó.

-No.

-En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no podría entrar?

-¿En el invernadero? Allí no hay sillas, ni mesa, ni nada.

-Sí; pero, ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz?

-No.

-Bueno; pues traiga usted unas velas.

Salieron al solar; estaba lloviendo a cántaros. Corriendo, se metieron en el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos una mesita, la pusieron en el centro y encima colocaron dos bujías metidas en dos frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando, unos sobre un banco, otros en tiestos del revés, y otros en el suelo. Tenía aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba a impulsos del viento; sonaba la lluvia, densa y ruidosa, en los cristales, y al escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin saber por qué, todos hablaban bajo.



Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos