La lucha por la vida III: 039

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La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


-Yo creo, compañeros -dijo Juan, levantándose y acercándose a la mesa-, que el que tenga algo práctico que decir, debe levantarse y hablar.

Hemos constituido este grupo de partidarios de la idea. Casi todos conocemos este sitio por el nombre de «Aurora»; como nuestro grupo debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades, propongo que desde hoy se llame «Aurora Roja».

-¡Aceptado! ¡Aceptado!

La mayoría estuvo conforme. Algunos propusieron otros nombres, como Ravachol, Angiolillo, Ni Dios ni amo; pero, en general, todos fueron del parecer que se pasara a otro punto y que quedase el nombre de «Aurora roja».

Luego de aclarado esto, se levantó un joven delgado, vestido de negro, y echó un verdadero discurso. ¿Qué había que hacer? ¿Qué había de perseguir el grupo designado con el nombre de «Aurora roja»? Unos eran partidarios de la labor puramente individual; pero él encontraba que esta labor individual tenía un carácter poco revolucionario y era demasiado cómoda. Uno que no fuese escritor, ni orador, ni anarquista de acción, que no se reuniera ni se asociara, podía echárselas de anarquista tremendo y hasta podía serlo con la misma tranquilidad que un coleccionista de sellos. Además, no había peligro en esto.

Y eso ¿qué importa? -dijo Juan; a nadie se le exige que sea valiente.

Los actos de los anarquistas tienen más valor por eso, porque nacen de su conciencia y no de mandato alguno.

-Es verdad -dijeron los demás.

-Yo no lo niego; lo que yo quiero decir es que no necesitamos liebres con piel de león, y que sería conveniente un compromiso entre todos nosotros.

Mientras este joven defendía la necesidad de la asociación, Jesús explicó a Manuel quién era. Se llamaba César Maldonado y era estudiante; había figurado entre la juventud republicana. Era hijo de un mozo de café y había muchas probabilidades para creer que su anarquismo era una manera de vengarse de la posición humilde de su padre. En el fondo, el joven aquel era un presuntuoso, lleno de esa soberbia jacobina que sabe disimular las bajas pasiones con grandes frases.

A su lado, y defendiendo todas sus ideas, había un vascongado, alto y ancho, cargado de espaldas, que se llamaba Zubimendi, hombre triste, con unos puños formidables, que no hablaba apenas, que había sido pelotari, y últimamente se dedicaba a servir de modelo.

-Para formar una Asociación habrá que hacer un reglamento, ¿no es eso? -preguntó el Libertario levantándose.

-Según -contestó Maldonado-. Yo no creo que deba haber reglamento; basta un lazo de unión; pero lo que sí considero indispensable es poner un límite al ingreso en el grupo y otorgar ciertas prerrogativas para los directores, pues si no, los elementos extraños podían llegar hasta cambiar el objeto que perseguimos.

-Yo -replicó el Libertario-, soy enemigo de todo compromiso y de toda Asociación que no esté basada en el libre acuerdo. ¿Vamos a comprometernos a una cosa y a resolver nuestras dudas por el voto? ¿Por la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo.

-Hay que ser prácticos -replicó Maldonado.

-Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños.

Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó a la mesa.

-Compañeros -dijo sonriendo.

-¿Quién es éste? -preguntó Manuel a Jesús.

-El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito.


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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