La lucha por la vida III: 062

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La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se veían los cuerpos rígidos con la cabeza abierta, llenos de sangre; otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la mar de señoras desmayadas, y una niña de diez o doce años muerta. Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca empapada en sangre, ayudaban a trasladar los heridos... era imponente.

-Pero hubiera sido aún más terrible si llegan a hacer lo que querían, que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas -dijo Prats.

-¡Qué barbaridad! -exclamó Manuel.

A oscuras hubieran muerto todos -añadió riendo Prats.

-No -exclamó Manuel levantándose-; de eso no se puede reír nadie, a no ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara...

-Eran burgueses -dijo el Madrileño. Aunque lo fueran.

-Y en la guerra, ¿no matan los militares a gente inocente? -preguntó Prats-. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?

-Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.

-Éste, como ya tiene su imprenta -dijo el Madrileño con sorna-, se siente burgués.

-Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.

-Una de las bombas no estalló -dijo Skopos-, cayó sobre una mujer muerta por la primera bomba. Por esto, la carnicería no fue mayor.

-¿Y quién hizo esa bestialidad? -preguntó Perico Rebolledo.

-Salvador.

-Ese sí que tendría las entrañas negras...

-Debía ser una fiera -dijo Skopos-. Él se escapó del teatro en el momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las víctimas, parece que se le ocurrió subir a lo alto del monumento de Colón con diez o doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la comitiva.

-No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así -dijo Manuel.

-Mientras estuvo preso -siguió diciendo Skopos-, hizo la comedia de convertirse a la religión. Los jesuitas le protegieron, y allí anduvo un padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se interesaron también por él, y él se figuraba que le iban a indultar... Pero cuando le metieron en capilla y vio que el indulto no venía, se desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase hermosa: ¿y tus hijas? -le dijeron-. ¿Qué va a ser de tus pobrecitas hijas? ¿Quién se va a ocupar de ellas?» «Si son guapas -contestó él-, ya se ocuparán de ellas los burgueses».

-¡Ah!... Es bien... Es bien -gritó Caruty, que hasta entonces había estado silencioso e inmóvil-. Es bien... le grand canaille.. Es bien... Es una frase...

-Yo asistí a la ejecución de Salvador -siguió diciendo Skopos- desde un coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose...; pero ¡la vanidad lo que puede!...; el hombre vio un fotógrafo que le apuntaba con la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreír... Una sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo le dio ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un pañuelo negro, y se acabó... Yo esperé a ver la impresión que producía a la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece mentira.

Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de los de Chicago... Había oscurecido y siguieron hablando... Ya no eran las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo a la superficie, su fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la frase rotunda y el gesto gallardo...

Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.

Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en «La Aurora roja». Unos, contagiados por otros, iban llegando... Y crecía el grupo anarquista libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria...


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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