La lucha por la vida III: 066

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La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


Como cogieron al Bizco y no vino la buena - Nunca viene la buena para los desdichados


Don Alonso de Guzmán Calderón y Téllez había encontrado la manera de ganarse la vida en el Cinematógrafo Salomón, por otro nombre, el Cinecromovidaograph. El dueño del Cinecromovidaograph era Salomón, no precisamente el del templo, sino un hombre chiquito y malhumorado, barbudo y de color de cobre, que se llamaba o se hacía llamar así. Este hombre, cuyo hígado debía tener proporciones impropias de un hígado modesto y normal, vivía con su mujer y dos hijas en una barraca de su propiedad, que se armaba y se desarmaba, y para viajar tenía una carreta, una roulotte, tirada por un caballo normando.

Salomón podía haber sido feliz; el cinecromo daba mucho dinero; los negocios marchaban bien, y, sin embargo, Salomón era desgraciado. La causa de su desgracia eran las mujeres. Ya su tocayo, el rey sabio, lo había dicho; «La mujer es más amarga que la muerte».

¿Es que la señora de Salomón se había permitido faltar a la fe jurada en el altar a su dueño y señor? Jamás. ¿Es que Salomón trataba de libar la felicidad en el corazón de otras mujeres? Nunca. Salomón era fiel a su consorte, la divina Adela. La divina Adela era fiel a Salomón. Pero la divina Adela tenía un genio irresistible.

La divina Adela procedía de una capa social más elevada que su marido. La divina Adela era hija de un pedagogo, de un hombre de esos que enseñan a los chicos la Historia de España y el postulado de Euclides.

Ahora bien: de enseñar el postulado de Euclides a enseñar un cinematógrafo, ¡qué abismo! La divina Adela había medido con sus ojos este abismo. A los diez años de casada, su mesalliance, como decirnos en el mundo diplomático, la obsesionaba y la tenía irritada y nerviosa. Si su marido pedía una camiseta, la divina Adela se horrorizaba; si lanzaba una interjección fuerte, le daba un ataque de nervios. La divina Adela tenía a Salomón por un hombre cruel, despótico, grosero, a quien ella, a pesar de todo, amaba.

-¿Para qué me he casado yo con este hombre, con este saltimbanqui?

-preguntaba de vez en cuando, con la vista en el vacío-. Venid aquí, hijas mías -les decía a sus niñas-, con vuestra madre.

Don Alonso estaba con Salomón de criado y de voceador del cinematógrafo. Tenía un frac y unos pantalones encarnados, una comida regular... lo bastante para ser feliz. Era un buen escenario para que don Alonso luciese sus habilidades. Allí, a la puerta de la barraca, el hombre tiraba diez o doce bolas al alto y las iba recogiendo rápidamente; hacía luego danzar por el aire una botella, un puñal, una vela encendida, una naranja y otra porción de cosas.

-¡Entrad, señores, a ver el cinecromovidaograph! -gritaba-. Uno de los adelantos más grandes del siglo xx. Se ven moverse a las personas. ¡Ahora es el momento! ¡Ahora es el momento! Va a comenzar la representación. ¡Un real! ¡Un real! Niños y militares, diez céntimos.

Entre las películas del cinecromovidaograph había: La marcha de un tren, La escuela de natación, Un baile, La huelga, Los soldados en la parada, Maniobras de una escuadra, y, además, varios números fantásticos. Entre éstos, los más notables eran: uno de un señor que no puede desnudarse nunca, y otro de un hombre que roba y a quien le persiguen dos polizontes, y se hace invisible y se escapa de entre los dedos de sus perseguidores y se convierte en bailarina y se ríe del juez y de los guardias.

Una mañana, camino de Murcia, tuvo Salomón la mala idea de detenerse en un pueblo próximo a Monteagudo.

El alcalde del pueblo entendió que debía ver la representación, para prestar o no su consentimiento al espectáculo.

En vista de que en el público abundaba el elemento rico, Salomón pensó que debía suprimirse el cuadro de La huelga. Se representaron los demás cuadros con aplauso; pero al llegar al Ladrón invisible, el alcalde, hombre religioso, católico y dedicado a la usura, afirmó en voz alta que era inmoral que no cogieran a aquel bandido.

-Que vuelvan a hacerlo, pero que cojan al ladrón -dijo en voz alta.

-Es imposible, señor alcalde -replicó don Alonso.

-¡Cómo que es imposible! -repuso el alcalde-. O se hace eso, o los llevo a ustedes a la cárcel. A escoger.

Don Alonso quedó sumido en un mar de confusiones, y estimó, como lo más oportuno, apagar las luces, para dar a entender que se había acabado la representación. Nunca lo hubiera hecho.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


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