La lucha por la vida III: 067

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La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


Los espectadores, furiosos, se lanzaron contra él. Don Alonso escapó fuera de la barraca. «¡A ése!», gritó un chico al verle. «¡A ése!», gritaron unas mujeres; y hombres y mujeres, y chicos y perros, echaron a correr tras él. Don Alonso salió del pueblo. Cruzó, volando, unos rastrojos.

Comenzaron a llover piedras a su alrededor. Afortunadamente se hacía de noche, y los salvajes del pueblo, pensando en su cena, abandonaron la cacería. Cuando se vio solo, don Alonso, rendido, se tiró en la tierra. El corazón le golpeaba como un martillo en el pecho.

Lo encontró en la carretera, al día siguiente, la Guardia Civil. Con su frac negro lleno de barro, don Alonso tenía las trazas de un hombre escapado de un manicomio.

-¿Quién es usted? -le dijeron los civiles.

Don Alonso contó lo que le había ocurrido.

-¿Tiene usted cédula?

-Yo, no, señor.

-Entonces, venga usted con nosotros.

Les siguió don Alonso, aunque estaba molido, hasta un pueblo próximo. Allí los guardias le entregaron al alguacil, y éste le metió en la cárcel, donde pasó la noche.

-Pero ¿por qué me detienen a mí? -preguntó varias veces el pobre hombre.

-Como no tiene usted cédula...

Al día siguiente le sucedió lo mismo, y así, por tránsitos de la Guardia civil, comiendo rancho, durmiendo de cárcel en cárcel, vestido de harapos, entre basura y piojos, don Alonso llegó a Madrid. Lo llevaron al Gobierno civil y le presentaron a un señor. Interrogado por él, le contó sus cuitas con un acento de tal verdad, que el hombre se compadeció y le dejo marcharse.

-Si no encuentra usted destino -añadió el señor-, quizá se lo pueda proporcionar yo.

Don Alonso escribió a Salomón, pero éste no le contestó. Fue repetidas veces al Gobierno civil, y una de ellas el señor aquél le dijo:

-¿Quiere usted ser de la policía?

-Hombre...

-Dígame sí o no, porque si no, le doy el cargo a otro.

-Sí, sí; ahora que yo no sé si tendré condiciones...

-¿Quiere usted, sí o no?

-Sí, señor.

-Entonces, dentro de unos días tendrá usted el nombramiento.

Por esta serie de circunstancias, don Alonso fue de la policía. Meses después de su ingreso en las huestes del Gallo, don Alonso tuvo que entrar en campaña. Una noche, en el soto de Migascalientes, cerca de la Virgen del Puerto, encontraron una mujer muerta, con una puñalada en los riñones. Era una mujer ya de cierta edad, llamada la Galga; una desdichada que ganaba algunos céntimos por aquellos andurriales.

Al día siguiente, la policía detuvo, en un merendero, a un randa, a quien le decían el Chaval.

Prendieron al mozo, que, al principio, negó con energía su participación en el crimen; pero al último confesó la verdad.

Él no era el asesino. La Galga tenía dos amantes, uno él y otro el Bizco.

El Bizco le había amenazado varias veces a él si no dejaba a la Galga, y un día se habían desafiado; pero, al llegar al lugar del desafío, el Bizco le dijo que la Galga les engañaba a los dos.

Se le había visto con uno a quien llamaban el Malandas, en un merendero. El Bizco y el Chaval decidieron castigar a la Galga, y el Bizco la citó en el Soto.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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Índice de artículos

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