La lucha por la vida III: 068

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La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


Era un día encapotado y frío. Al presentarse la Galga, salieron juntos el Chaval y el Bizco. El Bizco se lanzó sobre ella, y le pegó un puñetazo en la cara; ella volvió la espalda, y entonces él, sacando una navaja, se la hundió por los riñones. Esto era lo que había ocurrido.

Don Alonso y Ortiz fueron los encargados de seguir la pista al Bizco.

Tenían confidencias de que se le había visto después del crimen, una vez en el puente de Vallecas y otra en la California.

-Usted -le dijo Ortiz a don Alonso-, hace lo que yo le diga, nada más.

-Está bien.

-Hay necesidad de coger a este hombre cuanto antes.

El primer día registraron, los dos, el Cuartelillo de la plaza de Lavapiés; la Casa del Cura, de la calle de Santiago el Verde; los rincones de la Huerta del Bayo y las tabernas de la calle de Peña de Francia y de Embajadores, hasta el Pico del Pañuelo. Al anochecer se sentaron a descansar en el merendero de la Manigua.

-¿A que no sabe usted por qué llaman a esto la Manigua? -le dijo Ortiz a don Alonso.

-No.

-Pues, es muy sencillo. Viene la gente aquí, bebe este vinazo, se emborracha y vomita... y, claro, tienen el vómito negro...; por eso se llama la Manigua.

Fuera de este descubrimiento, no hicieron ningún otro relacionado con sus pesquisas.

Al día siguiente, muy de mañana, se metieron los dos por la calle del Sur.

-Vamos a ver si aquí nos enteramos -dijo Ortiz, señalando una taberna.

Entraron en una tabernucha próxima a los camposantos. Ortiz conocía al tabernero, y hablaron los dos de los buenos tiempos en que se pasaba el vino de matute a carros.

-Aquello era un negocio, ¿eh? -exclamó Ortiz.

-Sí, era -dijo el tabernero-; entonces se veía aquí «luz divina». Ganaban lo que querían.

-Y tranquilamente.

-Me parece. Aquí se detenían los matuteros, y los mismos de Consumos les acompañaban a dejar el contrabando. Hubo días que se metieron en la bodega de esta casa más de treinta cubas.

-¿Usted habrá hecho su pacotilla? -preguntó don Alonso.

-¡Quiá, hombre! Eso era en tiempo del que me traspasó la taberna.

Cuando tomé yo esto, estaban arrendados los Consumos; pusieron esa fila de estacas altas, entre la vía y las casas, y, ahora, no entra ni un cuartillo de vino sin pagar.

Preguntó Ortiz por el Bizco, de pasada, pero el tabernero no le conocía, ni había oído hablar de él.

Salieron los dos polizontes de la taberna, y, en vez de seguir por el camino de Yeseros, fueron por la margen del arroyo de Atocha, hasta el punto en que éste vierte sus aguas sucias en el Abroñigal. Pasaron por debajo de un puente del ferrocarril, y siguieron remontando el curso del arroyo. En la orilla, en medio de un huerto, se levantaba una casuca blanca con un emparrado. En la pared, encalada, se leía un letrero trazado con mano insegura: «Ventorro del Cojo».

-Vamos a ver si aquí saben algo -dijo Ortiz.

Un raso empedrado con cantos, con una higuera en medio, había delante de la puerta del ventorrillo. Entraron. En el zaguán, un hombre de malas trazas y de mirada torva, que estaba sentado en un banco, hizo un movimiento de sorpresa y de desconfianza al ver a Ortiz.

Éste no se dio por enterado; pidió dos copas en el mostrador, a una mujer flaca y negruzca, y con el vaso en la mano, y mirando al hombre de reojo, le preguntó:

-¿Y qué tal por el ventorro del Maroto?


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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