La lucha por la vida III: 071

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La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


Don Alonso estaba entumecido; le dolía todo el cuerpo. Echaron a andar los tres por el camino de la Elipa.

Al llegar cerca del nuevo hospital de San Juan de Dios estaba amaneciendo; un amanecer tristón y anubarrado.

Don Alonso se encontraba cada vez peor; sentía escalofríos por todo el cuerpo, un dolor de cabeza violento y una lancetada en el pecho.

-Yo estoy malo -le dijo a Ortiz-, no puedo con mi alma.

-Bueno; entonces, yo me marcho.

Ortiz y el Bizco se alejaron.

Don Alonso quedó solo y fue avanzando penosamente. Cuando llegó cerca de la tapia del Retiro pidió auxilio a un guardia municipal. Éste le acompañó, y en la calle de Alcalá tomaron un coche. Don Alonso tosía y no podía respirar; le sacaron del coche al llegar al hospital y le metieron en una camilla.

Al echarse, don Alonso quedó rendido y sintió como si le dieran un martillazo en la cabeza.

-Yo tengo algo muy grave, y quizá me vaya a morir -pensó con angustia.

No se dio cuenta de cuándo le metieron en la cama; comprendió que estaba en el hospital y sintió que su cuerpo ardía. Una monja se le acercó y puso un escapulario en el hierro de la cama.

Don Alonso, entonces, recordó un cuento, y, a pesar de la fiebre, el cuento le hizo reír. Era un gitano que estaba muriéndose y llamaba a todos los santos de la corte celestial en su ayuda; viéndole tan apurado, una vecina le llevó un Niño Jesús y le dijo al enfermo:

-Rece, hermano, que éste le salvará.

Y el gitano contestó compungido:

-¡Ay, hermana! Si lo que yo necesito es un Santo Cristo con más... barbas que un capuchino.

Luego, el cuento se complicó con recuerdos lejanos, la fiebre aumentó y don Alonso murmuró convencido:

-Ya vendrá la buena.

Después de ocho días, pasados entre la vida y la muerte, el médico de la sala dijo que la pleuresía de don Alonso se había complicado con el tifus y que era necesario trasladar al enfermo al hospital del Cerro del Pimiento.

Una mañana fueron los camilleros, cogieron a don Alonso, lo sacaron de la cama y lo metieron en una camilla.

Luego, los dos mozos bajaron las escaleras del hospital, tomaron por la calle de Atocha arriba, después por la de San Bernardo hasta el paseo de Areneros. Entraron hacia las proximidades de San Bernardino por una zanja cortada en la tierra arenosa y amarillenta, y llegaron al Cerro del Pimiento. Llamaron; pasaron a un vestíbulo y levantaron el hule de la camilla.

-¡Anda la...! Se ha muerto el socio -dijo uno de los mozos-. ¿Lo dejaremos aquí?

-No, no, llevadlo -replicó el conserje del hospital.

-¡Pues es una broma tener que llevarlo otra vez! -dijo el otro-. Más valiera morirse.

Cogieron con resignación la camilla y salieron.

Hacía una mañana espléndida, hermosísima. Se sentía con intensidad la primavera.

El césped brillaba sobre las lomas; temblaban las hojas nuevas en los árboles; refulgían al sol las piedras en las calzadas, limpias por las lluvias recientes... Todo parecía nuevo y fresco: los colores y los sonidos; el brillo de los árboles y el piar de los pájaros; la hierba, salpicada de margaritas blancas y amarillas, y las mariposas sobre los sembrados.

Todo, hasta el sol. Todo, hasta el cielo azul que acababa de brotar del caos de las nubes, tenía un aire de juventud y de frescura... Entraron los dos camilleros, de nuevo, por la zanja, entre las altas paredes cortadas a pico.

-¿Y si lo dejáramos aquí? -preguntó uno de los mozos.

-Dejémosle -contestó el otro.

Levantaron el hule de la camilla, y, poniéndola de lado, hicieron que el cadáver cayera desnudo en una oquedad. Y el muerto quedó despatarrado, mostrando sus pobres desnudeces ante la mirada azul, clara y serena del cielo, y los camilleros se fueron a tomar una copa.

Indudablemente, no había venido la buena.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos

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