La lucha por la vida III: 072

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La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


La dama de la toga negra - Los amigos de la dama - El pajecillo, el lindo pajecillo


Hay en Madrid un palacio con grandes salas y largas galerías, en las que por todas partes no se ven mas que Cristos; una vieja dama de gran alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de la sociedad.

Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla gravemente, y, entre las imágenes del Cristo, administra a diestro y siniestro reprimendas y castigos.

Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado y el estómago sin fondo.

En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora, en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la Biblia, y en vez de personas dignas a su alrededor, está rodeada de curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete..., una larga procesión de sacacuartos y escamoteadores, que empieza muy alto y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas.

-Tienes que ir a ver a tu amigo -dijo Juan a Manuel.

-Bueno.

Buscaron a Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente.

Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo o leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban expedientes.

-Todos esos papeles, todos esos legajos -dijo Juan- estarán empapados de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un herbario.

-¡Y qué se va a hacer! -repuso Manuel-; si no hubiera criminales...

-Éstos sí que son criminales -murmuró Juan.

-Vamos a ver si podéis pasar -dijo Ortiz.

Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de barba blanca y mirada severa, y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos con toga y birrete.

-Soy enemigo del indulto -decía el señor de la barba blanca-; le he condenado dos veces a muerte y las dos le han indultado. Ahora espero que lo ejecutarán.

-Pero es una pena tan severa -murmuró uno de los jóvenes sonriendo.

-¿Hablan del Bizco? -preguntó Manuel a Ortiz.

-No, creo que no.

-¡Nada, nada! -exclamó el viejo de la barba blanca-; hay que hacer un escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para después de mayo, no vaya a ser indultado por el santo del rey.

-¡Qué bárbaros! -exclamó Juan.

-En estos casos -repuso el joven togado tímidamente-, es cuando se pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque, indudablemente, este hombre no ha estado nunca en posesión de su conciencia, y la sociedad, que no se ha cuidado de educarle, que le ha abandonado, no debía tener derecho...

-La cuestión de derecho es una cuestión vieja, de la que nadie se ocupa -replicó el viejo con cierta irritación-. ¿Existe la pena de muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar a uno a que se rehabilite a un presidio!... El derecho a la pena, el derecho a ser rehabilitado..., muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de muerte no son mas que medidas de higiene social, y desde este punto de vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin indultar a nadie.

Manuel miró a su hermano.

-¿No tiene razón?

-Sí; dentro de lo suyo, tiene razón -replicó Juan-. A pesar de eso, yo encuentro a ese viejo sanguinario bastante repulsivo.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos

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