La lucha por la vida III: 073

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La lucha por la vida III Segunda parte Pío Baroja


Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.

-¿Qué tal? -le preguntó el juez.

-Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto a usted que lo hago a propósito, y todos los pretextos que envían las personas discretas para no ser jurados, los acepto. Cuanto más brutos sean los que componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.

-También la ley debían modificarla... -comenzó diciendo el joven.

-Lo que debían hacer era suprimir el jurado -afirmó el hombre chiquito.

Ahora puedes bajar un momento -dijo Ortiz a Manuel- y preguntarle si quiere algo.

Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había allí una medrosa semioscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco. Era el Bizco.

El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba que afuera hacía un sol hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad; que en el campo habría sol, y pájaros en los árboles. Y que él estaba encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba también que estaba condenado a muerte, y se estremecía...

Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. Él había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora, mil cuestiones se iban amontonando en su cerebro.

La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el perfume en el aire.

Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del Bizco se despertaba y comenzaba a interrogarse a sí misma...

-¡Eh, tú! -le dijo el carcelero-;aquí vienen a verte.

El Bizco se levantó y quedó contemplando a Manuel con el mayor estupor.

Al ver a Manuel no se extrañó; le miró fijamente, con estúpida indiferencia.

-¿No me conoces?

-Sí.

-¿Quieres algo?

-No quiero nada.

-¿No necesitas algún dinero?

-No.

-¿No tienes que hacerme algún encargo?

-No.

Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió a tenderse en el banco.

-Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño -dijo.

-Pero ¿no quieres nada más?

-No quiero nada de ti.

Salió Manuel del calabozo y se reunió a su hermano.

Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo:

-Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos a verle una noche?

-Bueno.

-Pues yo iré a buscarte a la imprenta un día de éstos.

-Sería mejor que me dijeras un día fijo.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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