La lucha por la vida III: 089

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


-¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de Montjuich. Estáis engañando a la gente de una manera asquerosa; todos tenéis salvoconducto de la policía.

-¡Canallas! -vociferó Prats, fuera de si-. Vosotros sí que estáis vendidos al Gobierno y a los jesuitas para desacreditarnos. Pero tened en cuenta que hemos desenmascarado a muchos farsantes.

-Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres dignos. ¿Por qué odiáis a Salvochea? Porque vale más que vosotros; porque ha sacrificado su vida y su fortuna por la anarquía, y vosotros no habéis hecho más que vivir de ella.

-Escupe tu baba, ¡miserable! -exclamó Prats.

-El miserable eres tú -gritó el Madrileño, acercándose a su contrincante con el puño levantado.

El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron calmarlos.

-¡Imbéciles! ¡Idiotas! -murmuró el Libertario-. Saben que lo que dicen es mentira y lo dicen a pesar de todo... No parece sino que tienen interés en desacreditarse a sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un hombre...

-¿Y por qué no citáis al mitin a los socialistas? -preguntó Manuel.

-¿Para qué? -preguntó el Libertario.

-Para discutir con ellos.

-¡Quiá! -replicó en tono humorístico el Madrileño-. A ésos, todo lo que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada.

-La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro -dijo el Libertario.

Hombre, yo conozco a uno que está empleado en la Zarzuela -contestó Manuel.

-Podríamos ir a verle.

-Bueno.

A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales llevaba la imprenta como una seda.

Unos días después, el Libertario y Manuel fueron a la Zarzuela, aunque convencidos de que no les habían de ceder el teatro.

Se acercaron a allá, vieron que unos coristas o comparsas entraban por un pasillo y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario.

Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente a una puerta atada con una cuerda y que se cerraba a golpes por un resorte. Empujaron la puerta.

-¿Qué quieren ustedes? -les dijo un hombre con gorrilla.

-Preguntamos por el Aristas.

En el otro lado.

Pasaron; el escenario estaba en una semioscuridad extraña; al lado de las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el mantón con toquilla en la cabeza.

Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían.

-No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela! ¡Imposible! -dijo el Aristas-. Ahora se lo diré al representante.

-Como usted quiera -dijo con indiferencia el Libertario, a quien le molestaba el aire de superioridad del Aristas.

Dirigidos por él, cruzaron el escenario, y por una escalerilla de un extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba a oscuras; arriba, de la claraboya del techo, se filtraba una pálida luz.

Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluido de cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones.

Un cómico, con aire acaponado, se asomó a las candilejas y comenzó a decir, con voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba Fulano de Tal y de Cual; que le gustaba seguir a las modistas, porque era un pillín, y una porción de sandeces y de cosas incongruentes.


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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