La lucha por la vida III: 093

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de la levita, cuando se acercó a la mesa, decidido, un hombre de blusa, tostado por el sol, con la mirada atravesada.

El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó a que se callara la gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz, cortado y bravío, dijo:

-¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oír y aplaudir a quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros... ¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los perros que lamen la mano del que les da de comer. (Aplausos).

Una voz gritó:

-No es verdad.

-¡Fuera ése! ¡Fuera!

-Dejadle hablar.

-Yo he conocido un verdadero obrero intelectual -siguió diciendo el orador-, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la gabina y del futraque. (Aplausos). Era un maestro de escuela que predicaba la idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel hombre siempre andaba a pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de nosotros; a aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba a leer a los braceros a la luz del candil. Aquél era un verdadero anarquista; aquél era un amigo de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen nada. ¿Qué hace la Prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y cargar carros; todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto, comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo digo: cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de gallinas...

El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus instintos agresivos, y volvió a insultar con verdadera elocuencia al público, que le aplaudió con entusiasmo. Se veía que era un hombre fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de cualquier disparate. Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de los astrónomos, a quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo mirando al cielo.

-¡Qué le habrán hecho a éste los astrónomos! -dijo Manuel a la Salvadora.

Después de una incitación al pillaje, el tejero terminó diciendo:

-No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución Social!

Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso, cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él no tenía más odio que a la Biblia.

Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida. Para él, la Biblia no era mas que un conjunto de necedades y de disparates. Se burló, con cierta gracia, de los siete días del Génesis, de la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias. Dijo también que una de las cosas que le hacían reír era la existencia del alma.

-Porque, ¿qué es el alma? -preguntó él-. Pues el alma no es mas que el juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema humanitario -y se miró a los brazos y a las piernas-, y, si se va a ver, lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los perros, sino hasta los más insiznificantes.

Después de esta explicación materialista del alma, digna del Eclesiastés, explicó el hombre gordo el infundio del Arca de Noé, como él lo llamó.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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