La lucha por la vida III: 097

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


-¿Por qué?

-Porque no produce mas que disgustos.

-¡Pchs! También suelo vender perros; pero eso es peor.

-¿Y qué es lo que roba usted?

-Lo que se tercia. Antes robábamos aquí en este camposanto.

-¿Entonces, conocería usted a Jesús?

-A Jesús, el cajista, ya lo creo. ¿Era amigo de usted?

-Sí, amigo y compañero. Yo soy anarquista.

-Pues yo soy el Corbata. Cuando hago de don Tancredo me llaman el Raspa.

-¡Ah! ¿Hace usted de don Tancredo?

-Sí; el año pasado un toro me dejó a la muerte. Y espero el año que viene para ir a los pueblos a repetir el experimento.

-¿Y si le matan a usted?

-¡Psch! Es igual.

-¿Y cómo le han soltado ya de la cárcel?

-Me las he arreglado para que me saquen.

-¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente?

-¡Sí hay! Mejor que fuera. Ahí he conocido a los Ladrilleros, dos buenas personas.

Los Ladrilleros no habían hecho mas que asesinar a uno, para robarle.

-Uno de los Ladrilleros domesticaba gorriones en el pasillo de arriba -contó el Corbata-. Solía hacer que los pájaros fuesen a comer miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara nadie. Un día va el director y le ve que no tenía mas que un gorrión: «¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?», le preguntó. «No, señor director». «¿Es que se ha escapado?» «Tampoco». «Pues, ¿dónde está?» «Usted me perdonará, señor director -le dijo el Ladrillero sonriendo-, pero el preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado el gorrión por tres días para que se distraiga».

El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los presidios había tan buena gente o más que fuera. -Un acaloro, cualquiera lo puede tener- terminó diciendo.

Al marcharse Juan, el Corbata, distraídamente, le quitó el pañuelo, Juan lo notó, pero no dijo nada.

Unos días después, Juan vio en la era de la Patriarcal a un amigo del Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada indiferente y fría, de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en la cárcel y le tomó bajo su protección.

El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas pasiones.

-He vivido en una casa de zorras -le dijo a Juan riendo-, hasta que se murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?», me dijo. «Si me das todo lo que ganas, sí», le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dio la llave y nos arreglamos. Así estuve hasta hace un año, viviendo bien; pero, una mujer me faltó y la di una puñalá. Ahora estoy aquí porque me tengo que ocultar.

Unos días después, el Chilina llevó a las casas del cementerio una mujer tagala con el objeto de explotarla.

Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose a los hombres por aquellos descampados.

Le llamaban la Filipina, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada, desde la infancia, a ser maltratada por el blanco, no llegaba a herirle la abyección de su oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales.


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos