La lucha por la vida III: 100

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


Esnobismo sociológico - Anarquistas intelectuales - Humo


Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que no tuvieran inconveniente, les invitaba a tomar café en su casa, en donde les presentaría unos compañeros.

-¿Iremos? -le preguntó el Libertario a Juan.

-¿Por qué no?

Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.

Los pasaron a un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas blancas con las patas torcidas, y dos o tres veladores repletos de baratijas. En las paredes había, encuadrados en marcos blancos, algunos grabados ingleses; en donde no se veían mas que mujeres delgadas, con el talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez desagradable.

Estaban sentados, esperando, cuando entró el amo de la casa, y saludó afectuosamente a todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran corbata azul y un chaleco claro rameado.

-Pasemos a mi despacho -dijo-. Les presentaré a mis amigos.

Pasaron a un cuarto más grande; después de hacer una porción de ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó a los anarquistas a unos jóvenes, entre ellos un militar.

El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y, cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas. En el fondo había una chimenea encendida.

-Sentémonos por aquí, al lado del fuego -dijo el anfitrión.

Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y acercó una mesita de té con tazas y pastas. Sirvió el criado a unos té, a otros, café.

El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado les preguntó:

-¿De qué quiere la copa el señor? ¿De ron? ¿De Chartreuse?

-Me es igual.

Pasó luego el criado con una caja de puros, y, mientras fumaban, se habló de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel d’Annunzio y de otra porción de cosas.

Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó en la butaca y dijo:

-Vamos a hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una gran independencia de criterio y que representara las tendencias más avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista en el sentido filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera en que vivimos. ¿No les parece a ustedes?

El anfitrión sonrió amablemente. No estaba, al parecer, muy convencido de la necesidad de la renovación.

-Yo quisiera saber -prosiguió- si ustedes podrían llegar a un acuerdo para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría yo.

-Nosotros somos anarquistas -dijo el Libertario-, y cada uno de nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro, y con nosotros nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan, con el trabajo y con la propaganda, a un periódico que sirva para atacar la actual sociedad.

Juan, Prats y Manuel asintieron a lo dicho por su compañero.

-Pero eso es muy vago -dijo con cierto aire displicente un joven acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.

-¿Vago? Yo no veo la vaguedad -replicó con rudeza el Libertario-.

Ayudaremos con gusto a todo lo que sirva para desprestigiar el Estado, la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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