La lucha por la vida III: 104

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

VI
Pág. 104 de 127
La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


Miedos pueriles - Los hidalgos - El hombre de la Puerta del Sol - El enigma de Passalacqua


Hay entre las diversas formas y especies de miedos, pavores y terrores, algunos extraordinariamente cómicos y grotescos.

A esta clase pertenecen el miedo de los católicos por los masones; el miedo de los republicanos por los jesuitas; el miedo de los anarquistas por los polizontes, y el de los polizontes por los anarquistas. El miedo al coco de los niños es mucho más serio, mucho menos pueril que esa otra clase de miedos.

Al católico no se le convence de que la masonería es algo así como una sociedad de baile, ni el republicano puede creer que los jesuitas son unos frailucos vanidosillos, ignorantuelos, que se las echan de poetas y escriben versos detestables, y se las echan de sabios y confunden un microscopio con un barómetro.

Para el católico, el masón es un hombre terrible; desde el fondo de sus logias dirige toda la albañilería antirreligiosa, tiene un Papa rojo, y un arsenal de espadas, triángulos y demás zarandajas.

Para el republicano, el jesuita es un diplomático maquiavélico, un sabio, un pozo de ciencia y de maldad.

Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio, que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el club, y que está siempre en acecho.

Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible, es el anarquista.

Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios.

¿Es por tontería, es por romanticismo, o solamente por darse un poco de importancia?

Es muy posible que por todas estas causas juntas. Lo cierto es que al católico no se le puede convencer de que si las ideas antirreligiosas cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque la gente empieza a discurrir; a los republicanos tampoco habrá nadie que les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni de la penetración de los hijos de san Ignacio, sino de que la sociedad española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados por beatas.

Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los anarquistas, no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de su vida.

Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay siempre, según ellos, un confidente o un traidor.

Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo a quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por dinamitero feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel a unos cuantos.

Al acercarse el período de la coronación, los periódicos, por hablar de algo, dijeron que se preparaban a venir a Madrid policías extranjeros por si llegaban anarquistas con fines siniestros.

Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol.

Entre los muchos Fernández, más o menos ilustres del mundo, Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más conocido. No había mas que preguntar por él en la acera del café Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en la Puerta del Sol se forman junto a los urinarios; todo el mundo le conocía.

Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala ancha a lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones, una sonrisa suntuosa y un bastón.

Era un desharrapado que se las echaba de marqués.

-No me gustan los términos medios, ¿está usted? -decía-: o voy hecho un andrajoso, o elegante hasta el paroxismo.


<<<

La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos

>>>