La lucha por la vida III: 113

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


-¿Por qué?

-¿No le molesta a usted que le riña?

-Si le riñe usted con razón, no.

-Y que discutamos, ¿tampoco le molesta?

-Tampoco. Antes me aburrían las discusiones, ahora ya no; me interesan muchas cosas y también soy algo avanzada.

-¿De veras?

-Sí; casi, casi, libertaria; y no es por mí, precisamente; pero me indigna que el Gobierno, el Estado o quien sea, no sirva más que para proteger a los ricos contra los pobres, a los hombres contra las mujeres, y a los hombres y a las mujeres contra los chicos.

-Sí, en eso tiene usted razón -dijo Roberto-. Es el aspecto más repugnante de nuestra sociedad ése, el que se encarnice con los débiles, con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las formas de la bravuconería y todas las formas del poder.

-Yo, cuando leo esos crímenes -siguió diciendo la Salvadora-, en que los hombres matan a una mujer, y luego se les perdona, porque han llorado, me da una ira...

-Sí, ¿qué quiere usted? Es el jurado sentimental, que va a la Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan a veinte años de presidio a un falsificador y dejan libre a un asesino.

-¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados? -preguntó la Salvadora.

-Sería peor; se mostrarían, seguramente, más crueles para ellas mismas.

-¿Cree usted?

-Para mí es seguro.

-La pena debía ser -dijo Manuel- menor para la mujer que para el hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe.

-A mí me parece lo mismo -añadió la Salvadora.

-Y a mí también -repuso Roberto.

-Eso es lo que debía modificarse -siguió diciendo Manuel-; las leyes, el Código. Porque eso de que haya república o monarquía o Congreso, bastante nos importa a nosotros. ;Por qué, por ejemplo, han de poner en el Registro civil si un niño es legítimo o no? Que le apunten, y nada más.

-Pues eso se va consiguiendo poco a poco -replicó Roberto-. Se van haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España, todavía, no; pero vendrán esas modificaciones, y vendrán mejor, ¡créelo!, si hay una voluntad fuerte, un poder audaz encargado de dominar el desconcierto de los egoísmos y de los apetitos.

-Pero, eso sería el despotismo.

-Sí; el despotismo ilustrado. Para mí, la autoridad es mejor que la ley.

La ley es rígida, estable, sin matiz; la autoridad puede ser más oportuna y, en el fondo, más justa.

-Pero, obedecer a un hombre es horrible.

Yo prefiero obedecer a un tirano que a una muchedumbre; prefiero obedecer a la muchedumbre que a un dogma. La tiranía de las ideas y de las masas es, para mí, la más repulsiva.

-¿No cree usted en la democracia?

-No; la democracia es el principio de una sociedad, no el fin; es como un solar lleno de piedras de un edificio derruido. Pero este estado es transitorio. Lentamente se va edificando, y cada cosa toma su lugar, no el antiguo, sino otro nuevo.

-¿Y siempre habrá piedras altas y piedras bajas?

-Seguramente.

-¿Usted no cree que los hombres van a la igualdad?


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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