La lucha por la vida III: 115

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


-¿Y los criminales?

-Exterminarlos.

-Eso es feroz. Es usted muy duro, muy pesimista.

-No. Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías, absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado a nuestra vida en mayor cantidad que el placer, o al contrario? Eso no lo puede calcular nadie, ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay mas que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y el hombre no es mas que uno de ellos, se encuentran en un estado permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo disputas a los demás; ellos te lo disputan a ti. Ya que nuestra ley es la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica; éste es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por qué? Por cualquier cosa.

-Pero no todos están a bastante altura para luchar -dijo Manuel.

-El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo. La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto guerrero que tiene todo hombre.

-Yo no lo siento, la verdad.

-Sí, tus instintos se funden en un sentimiento de piedad para los demás; ¿no es verdad? No sientes el egoísmo fiero... Estás perdido.

Manuel se echó a reír.

Pasó Juan por el corredor.

-Este muchacho está mal -dijo Roberto-. Debía marcharse de Madrid; al campo.

-Pero, no quiere.

-¿Trabaja mucho ahora?

-No; preocupado con esas cosas de anarquía, no hace nada. -¡Qué lástima!

Se levantó Roberto y se despidió de la Salvadora muy afectuosamente. -Crea usted que le envidio a Manuel -la dijo.

La Salvadora sonrió algo confusa.

Manuel acompañó a Roberto a la puerta.

-¿Sabes quién me persigue todos los días?

-¿Quién?

-Un señor Bonifacio Mingote. Creo que tú le conoces.

-Sí.

-Me habló pestes de la madre de Kate, sin saber quién era yo...

¡Figúrate! Yo me las eché de incomodado y ahora no hace mas que escribirme cartas que yo no leo.

-¿Y qué es de él? ¿Cómo vive ahora?

-Creo que vive con una mujer que le pega y le hace barrer la casa.

-¡Él, que era tan conquistador!

-Sí, ¿eh?...; pues, ya ves: ha sido conquistado... Oye, te tengo que decir una cosa -dijo Roberto en la puerta de la escalera.

-Usted dirá.

-Mira, no sé cuándo volveré a España; es muy posible que tarde, ¿sabes?

-Sí.

-He hablado con mi mujer y con mi suegra de ti, las he enterado de cómo vivías; las he hecho un retrato de la Salvadora, y se han alegrado mucho al saber que estabas bien; y las dos me han dicho que, en recuerdo de su amistad, te quedes tú solo con la imprenta.

-Pero, eso no puede ser.



Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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