La lucha por la vida III: 118

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VIII
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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


La coronación - Las que encarecen los garbanzos - El final del señor Canuto


No se varió nada en la casa con el matrimonio, que se celebró sin ceremonias de ninguna clase. Manuel estaba resplandeciente. El estado de Juan era lo que turbaba su felicidad; le veía siempre inquieto, febril. De noche, soñando, hablaba a gritos, y tosía continuamente hasta romperse el pecho. Ya no tomaba las medicinas ni hacía caso de las prescripciones del médico; salía a todas las horas, bebía aguardiente para excitarse algo y se reunía con los amigos en la taberna de Chaparro. Mientras tanto, Silvio Fernández Trascanejo maniobraba a sus anchas. Se había ganado la confianza de todos los socios de La Aurora, y les había hecho creer que había una conjuración revolucionaria terrible para el día de la Coronación.

-Con que uno dé la señal -decía Fernández-, yo me echo al centro con la gente de los barrios bajos.

El más convencido de todos era Juan.

-La cosa está hecha-le dijo el Madrileño a Manuel una vez. Ahora se va a batir el cobre bien. Hay, además, setenta y dos compañeros que han venido a Madrid. Están perseguidos de cerca por la policía española y extranjera; pero no saben dónde se encuentran. Hemos recibido instrucciones de Londres; nos pondremos a lo largo de la carrera a esperar. Si podemos coger al rey vivo, mejor.

Juan estaba febril, deseando que llegara el momento; sus nervios, en constante tensión, no le dejaban reposar un instante. Estaba dispuesto a sacrificarse por la causa. Además, y esto le perdía, veía el acontecimiento en artista. Veía la brillante comitiva de reyes, de príncipes, de embajadores, de grandes damas, pasando por en medio de las bayonetas, y se veía a él avanzando, deteniendo la comitiva con el grito estridente de ¡Viva la Anarquía!

La noche antes del día de la fiesta, Juan no apareció por la casa.

Manuel fue a La Aurora, por ver si le encontraba.

Estaban allá el Inglés, Prats, el Madrileño y Silvio, que peroraba. No le habían visto a Juan. En esto entró el Libertario, se acercó a Silvio, le agarró de la solapa, y le dijo:

-Usted es un soplón y un polizonte. ¡Hala! Fuera de aquí.

Quedaron todos extrañados. Silvio, que estaba sentado, se levantó dignamente, recibió, también dignamente un puntapié certero que la arreó el Inglés, el del juego de bolos. Al llegar a la puerta de la taberna, el hombre de los tres conejos en campo de azur se sintió hidalgo, recordó su apellido, se volvió, hizo un corte de mangas a todos, y echó a correr por el paseo de Areneros como un huracán, llevándose una mano atrás y otra al sombrero, sin duda para que no se lo llevara el aire.

-Era un polizonte? -dijeron Prats y el Madrileño asombrados.

-Sí.

-¿Y todo lo que nos ha contado es mentira?

-Y tan mentira.

Al día siguiente no había venido Juan, y Manuel salió de casa. La Salvadora quedó cosiendo, desazonada.

Era un día de mayo esplendoroso; un cielo azul; una tarde de oro. La luz intensa, cegadora, vibraba llanamente en las colgaduras amarillas y rojas, en las banderas, en los gallardetes, en los farolillos de las iluminaciones.

Hormigueaba la gente por las calles. En los balcones y en las ventanas, en las cornisas y en los tejados, en las tiendas y en los portales, se amontonaban los curiosos. El sol reía en los trajes claros de las mujeres, en los sombreros vistosos, en las sombrillas rojas y blancas, en los abanicos que aleteaban como mariposas, y bajo el cielo azul de Prusia todo palpitaba y refulgía y temblaba a la luz del sol con una vibración de llama.

Manuel fue husmeando por entre la multitud; a veces, el gentío lo llevaba a un lado, y tenía que estarse en la esquina de una calle, quieto, durante algún tiempo.

Un temblor le iba y otro le venía, pensando que a cada momento podía oír una explosión. Por fin, se hizo la masa menos compacta, y Manuel pudo avanzar; la gente iba hacia la carrera de San Jerónimo.

-¿Ha pasado algo? -dijo Manuel a un municipal.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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